Hay algo que nos pasa a muchas madres y padres con nuestros hijos que crecen rodeados de pantallas: queremos que aprendan a usarlas, pero también queremos que sepan vivir sin ellas. Y no es una contradicción.
Este regreso a clases, más de 23 millones de estudiantes de educación básica volvieron a las aulas en todo México. Con ellos regresó también un debate que lleva tiempo creciendo: ¿los celulares deberían estar prohibidos en las escuelas?
La Secretaría de Educación Pública consultó a más de 565 mil maestras y maestros: 81%5 está de acuerdo con establecer reglas para garantizar un uso seguro y pedagógico de los dispositivos; casi la mitad considera que dificultan mantener la atención y 38.7% ha visto cómo conflictos que comienzan en redes sociales terminan llegando a las aulas.
No son datos menores. Pero la respuesta tampoco puede ser simplemente quitar los celulares. Como madre, entiendo la preocupación. La comparto. Quiero que mi hijo pueda leer un libro completo, tener paciencia, aburrirse sin sentir que necesita llenar cada segundo con una pantalla, conversar sin mirar el teléfono y, sobre todo, aprender a pensar y analizar.
Lo digo también desde mi propia experiencia. Hubo un momento en que empecé a notar en mi hijo más impaciencia, rebeldía y una necesidad constante de inmediatez. Busqué ayuda y, a través de una terapia psicológica, comprendí cómo el exceso de uso de pantallas estaba influyendo en sus hábitos y comportamiento.
ESTABLECER LÍMITES CLAROS
Entonces me tocó aprender algo que nadie nos enseña cuando nos convertimos en madres o padres: poner límites a la tecnología. No era simplemente quitarle el celular. Había que entender para qué lo utilizaba, cuánto tiempo, qué contenidos consumía y cómo hacer que la tecnología estuviera a su servicio y no él al servicio de la tecnología.
Por eso creo que la pregunta correcta no es si los celulares deben entrar o no a las escuelas, sino cuándo, cómo y para qué deben utilizarse. Porque un teléfono puede ser una distracción, pero también es una herramienta de seguridad. Un recurso para saber dónde y cómo se encuentran nuestras familias.
Este regreso a clases nos deja además otro tema controversial: el del uso de la inteligencia artificial. La UNAM tuvo que repetir de manera presencial su examen de admisión tras detectar resultados atípicos, uso no autorizado de IA y ayuda externa durante la aplicación en línea. Más allá de discutir si los estudiantes hicieron trampa: ¿qué estamos enseñando cuando una herramienta puede hacer en segundos aquello que antes exigía horas de esfuerzo?
La inteligencia artificial no va a desaparecer. Tampoco los celulares. Nuestros hijos crecen utilizando herramientas que nosotros apenas estamos aprendiendo a comprender. Así que la verdadera ventaja no estará solamente en saber usarlas, sino en saber cuándo hacerlo y cuándo no. Porque estamos formando una generación con acceso a más información que ninguna otra, pero quizá con menos inquietud y capacidad para cuestionarla.
La escuela tiene aquí una responsabilidad enorme. No podemos educar para un mundo sin tecnología porque ese mundo ya no existe. Tenemos que enseñar a vivir con ella: investigar, verificar, cuestionar, crear y también desconectarse. Hablar de privacidad, consentimiento y violencia digital. Necesitamos reglas, límites y protocolos. Pero, sobre todo, necesitamos educación y corresponsabilidad.
Estamos confundiendo al enemigo: el problema no es la tecnología. El problema es dejar de enseñarles a nuestros hijos a pensar, elegir y vivir sin depender de ella. Que el celular sea una herramienta y no una necesidad. Que la inteligencia artificial sea un apoyo y no un sustituto del pensamiento.
