Sin educación de calidad, el nearshoring se habrá perdido

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Columnista Invitado Nacional

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Francisco J. López Díaz 

Hay momentos en que la historia le ofrece a un país una segunda oportunidad y México vive una de ellas. La relocalización de empresas globales (práctica que llamamos nearshoring) está poniendo sobre la mesa inversiones, empleos y tecnología que pocas generaciones han tenido la fortuna de ver llegar. Pero cuando una oportunidad se presenta sin preparación, no es una oportunidad: es una ilusión.

El reciente anuncio de la Secretaría de Educación Pública sobre la organización de foros para actualizar la Nueva Escuela Mexicana fue interpretado por muchos como un gesto positivo. Debe ser algo más: una obligación histórica. México lleva décadas postergando la conversación que más importa sobre qué tipo de ciudadanos y trabajadores queremos formar. Y no podemos darnos el lujo de que estos foros se conviertan en sólo un proceso de consulta sin verdaderos cambios de fondo.

Los datos son un espejo incómodo. PISA 2022 ubica a México en el lugar 35 de 37 países de la OCDE en matemáticas y comprensión lectora, y en el último lugar en ciencias. En matemáticas, la brecha con el promedio internacional equivale a casi dos años de escolaridad. Sólo uno de cada tres estudiantes mexicanos domina las competencias matemáticas básicas que cualquier empleo del siglo XXI exige. Dicho de otra forma, dos de cada tres jóvenes de 15 años no pueden resolver un problema matemático simple. Y no es una estadística, es el perfil de la generación que en pocos años tendrá que competir por los empleos que el nearshoring promete traer.

Y ahí está la contradicción que nos debe quitar el sueño. Mientras las empresas globales llegan buscando ingenieros, técnicos y profesionales con pensamiento analítico, nuestro sistema educativo forma egresados que, en su mayoría, no dominan las competencias básicas. Si no cerramos esa brecha con urgencia, la inversión no se quedará esperando y entonces se irá a los países que sí apostaron por su talento humano. Reformar la educación no es un eslogan. Es un proyecto que exige cuatro pilares concretos avanzando al mismo tiempo:

Contenidos curriculares que preparen para el mundo real. México retrocedió en matemáticas a niveles de 2003, borrando 20 años de avances. Los planes de estudio deben actualizarse con base en evidencia e incorporar pensamiento computacional, educación financiera, bilingüismo y formación socioemocional. Todas éstas no sólo como materias adicionales, sino como el eje de una educación competente. Docentes con las herramientas que merecen, maestros y maestras como factor determinante. Un currículo brillante fracasa en manos de un docente sin formación actualizada, sin metodologías activas y sin reconocimiento al mérito. Transformar la escuela empieza por la manera en que formamos y acompañamos a quienes enseñan.

Sociedad como aliada, no como testigo. Padres de familia, empresas y organizaciones civiles no pueden seguir siendo espectadores. Deben ser socios reales del aprendizaje, con voz, presencia y responsabilidad compartida. Evaluación que sirva para aprender, no para castigar, pues no es posible mejorar lo que no se mide. México necesita evaluaciones formativas que orienten al docente en el aula, diagnósticos que detecten rezagos antes de que se vuelvan irreversibles, y métricas que guíen las decisiones de política educativa con datos reales. Sin esta brújula, cualquier reforma, por bien intencionada que sea, avanza a ciegas.

Existe evidencia de que otro camino es posible. Actualmente, el Modelo de Educación Dual, que combina formación académica con práctica profesional en empresas reales, logra que más de 80% de sus estudiantes se inserten laboralmente antes de terminar su formación. Es un puente probado entre lo que la escuela enseña y lo que el mercado necesita.

Falta también voluntad presupuestal. La Unesco recomienda invertir, al menos, 4% del PIB en educación; México destina apenas 2.96 por ciento. La comprensión lectora y el pensamiento matemático no son indicadores burocráticos, son la medida real de evaluación de estar formando o no ciudadanos capaces de construir una vida digna. El nearshoring puede traer empleos. Sólo la educación de calidad puede garantizar que esos empleos sean para los mexicanos. Entre aprovechar o perder esta oportunidad hay exactamente una diferencia: lo que decidamos hacer hoy en las aulas. Y esa diferencia vale una generación entera.

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