Macron perdió el norte y quiere recuperar el rumbo desde el sur

Francia mantiene su nivel de alerta terrorista al máximo.

Por: Verónica Mondragón

En los últimos dos años, el presidente francés, Emmanuel Macron, ha perseguido el liderazgo en la escena internacional dentro y fuera de Europa. En su intento, esta semana desembocó en la cuenca del Amazonas.

En 2022, en plena alusión al sano distanciamiento por covid, una larguísima mesa con un arreglo de flores separó a Macron de su homólogo ruso, Vladimir Putin.

La invasión a Ucrania ya era una posibilidad que crecía y la vía diplomática una opción cada vez menos viable para evitar una guerra en el centro de Europa.

La salida de Angela Merkel del gobierno de Alemania, a finales de 2021, fue vista como una oportunidad para el líder del Elíseo de posicionarse como el líder de facto en el continente.

Y la posibilidad de hablar con Putin para disuadirlo de bombardear Ucrania representaba la prueba de fuego para posicionarse como tal, negociar una calma endeble y ¿por qué no?, hasta candidatearse al premio Nobel de la Paz.

No se logró. Dos semanas después de que Macron viajó a Moscú, el líder del Kremlin invadió a su vecino en una operación que sigue activa al día de hoy.

A dos años de eso, Macron encendió la mecha al sugerir el envío de soldados de la OTAN.

“Ahora no hay consenso para mandar tropas, pero no debemos excluir nada. Haremos todo lo posible para que Rusia no pueda ganar esta guerra”, dijo el líder francés atribuyéndose una difícil decisión que corresponde a la alianza formada por los ejércitos de 32 países.

Se trató de una ambigüedad estratégica de corto efecto, que no agradó a los más altos mandos de Alemania, Polonia y Reino Unido, ni siquiera a los más militaristas en la Casa Blanca, mientras cada país lidia con sus propios conflictos y elecciones.

Tampoco se concretó su idea de formar una coalición contra Hamás, después del atentado en Israel y tras la ofensiva por la que han muerto 30 mil gazatíes.

Incluso, Macron recurrió a su localía de los próximos Juegos Olímpicos para llamar a un alto al fuego.

Pero, en medio de esto, el Estado Islámico atacó Rusia la semana pasada, algo que impactó en la seguridad de todo el continente, al grado que Italia puso mayor protección en los sitios más concurridos del catolicismo en plena Semana Santa.

Para el caso de Francia hay particularidades que la llevan a mantener su nivel de alerta terrorista al máximo.

Las escuelas de este país recibieron decenas de amenazas la semana pasada, con videos de violencia extrema, fechas y horas de supuestas hostilidades.

Incluso después de la tragedia de Moscú, la inteligencia del país galo anunció públicamente que han frustrado diversos intentos de atentados en el país, que ya fue blanco de ataques igualmente sanguinarios como el del Crocus City Hall.

Sin embargo, mientras los franceses esperan albergar las mayores competencias deportivas, Emmanuel Macron busca otras rutas hasta llegar a América Latina.

Un lugar que, pese a sus propios problemas locales, luchas ideológicas y polarización, tiene una diferencia en la intensidad de conflictos.

Esta semana, el jefe del Elíseo visitó Brasil para reunirse con el presidente Luiz Inácio da Silva.

Las fotos, cargadas de material para hacerse memes, captaron al europeo con una piel bronceada envidiable, sí, pero también con algo que pocas veces se ve en el rostro del galo desde hace dos años: una enorme sonrisa.

Cualquiera luciría feliz si estuviera en un buque en el Amazonas, claro, pero ése es un gesto poco común en Emmanuel Macron, tomando en cuenta la situación de su continente y las regiones vecinas.

Por un lado, Brasil está intentando conseguir de Macron tecnología nuclear.

Mientras que Francia, por el otro, busca destrabar el acuerdo entre el Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia) y la Unión Europea, un tratado que crearía una zona compartida de bajos aranceles y con 700 millones de consumidores.

Hace dos años había una mesa larga en medio de Macron y Putin. Hoy, el mandatario francés aparece tomando las manos de Lula en busca de un bilateralismo que pueda posicionarlo, con mejores resultados, en el paisaje internacional.

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