Foro Madrid: ¿hasta dónde puede llegar la nueva derecha?

Columnista Invitado Nacional
Alberto Rodríguez Martinez
“La derecha también se tiene que organizar”. La frase de Javier Milei, pronunciada esta semana durante el V Encuentro Regional del Foro Madrid en Santiago de Chile, podría pasar como una más dentro de un discurso cargado de las provocaciones que ya caracterizan al presidente argentino.
Pero, en realidad, resume con bastante precisión lo que el Foro Madrid lleva años intentando construir: una red. No una conspiración, como seguramente dirán sus detractores más entusiastas, ni tampoco una simple reunión de políticos que coinciden ocasionalmente en algunas ideas, sino algo más ambicioso: una articulación internacional de dirigentes, partidos, centros de pensamiento y representantes de la sociedad civil que comparten una determinada lectura sobre el presente y el futuro de Iberoamérica.
Definido como una alianza internacional en defensa de la libertad, la democracia y el Estado de derecho, el Foro Madrid busca contrarrestar la influencia regional de redes de izquierda —como el Foro de São Paulo o el Grupo de Puebla— mediante una narrativa de confrontación. Así, evidencia que la respuesta a la internacionalización de la izquierda no es el repliegue nacional, sino su propia forma de internacionalismo.
Y esa es, quizá, la clave para entender lo ocurrido esta semana en Santiago. El Foro anunció su V Encuentro Regional como el espacio que reuniría a “los líderes de la nueva ola política de Iberoamérica” tras un supuesto cambio de ciclo regional. El objetivo, según su propio comunicado, era fortalecer la cooperación entre fuerzas políticas afines, coordinar iniciativas frente a amenazas compartidas y avanzar hacia una hoja de ruta común para la cooperación política internacional en los próximos años. Más que esconder su ambición, el propio encuentro la hacía explícita: construir una red capaz de coordinar ideas, actores y estrategias más allá de las fronteras nacionales.
El encuentro reunió a presidentes, dirigentes políticos, representantes de centros de pensamiento, académicos y miembros de la sociedad civil procedentes de distintos países. La presencia de Javier Milei y del presidente chileno José Antonio Kast le dio, además, una dimensión distinta, porque una cosa es construir una red desde la oposición y otra muy diferente hacerlo cuando algunos de sus integrantes ya ocupan el poder. Pero la ambición del proyecto tampoco parece limitarse a conquistar gobiernos. La propia Carta de Madrid sostiene que la defensa de sus principios corresponde no sólo al ámbito político, sino también a las instituciones, la sociedad civil, los medios de comunicación y la academia, mientras que la Fundación Disenso se presenta como un laboratorio de ideas dedicado a dar la batalla cultural. Se trata, entonces, de una disputa que busca trasladarse de las urnas al espacio desde el que se construye el debate público y se define el sentido de conceptos como libertad, democracia, soberanía, familia, seguridad u Occidente.
No comparto el diagnóstico desde el que el Foro Madrid interpreta la realidad iberoamericana. La región es demasiado compleja como para reducirla a una confrontación entre las fuerzas de la libertad y una izquierda homogénea que, según esa narrativa, avanza coordinadamente para extender su influencia sobre las instituciones y las democracias. Tampoco creo que la defensa de la libertad, la democracia o el Estado de derecho pertenezca a una sola corriente ideológica. Esos principios no deberían convertirse en patrimonio exclusivo de la derecha, como tampoco el compromiso con la justicia social debería ser monopolio de la izquierda.
Pero esa distancia política no debería conducirnos al error contrario: ignorar el fenómeno. Porque el punto no es simplemente que la derecha se esté organizando. En una democracia, cualquier corriente política tiene el derecho de construir alianzas, defender sus ideas y disputar el poder. La pregunta es otra: qué ideas están logrando construir esas alianzas, qué tan lejos han avanzado y qué capacidad tienen ya para transformar el debate público y las decisiones de gobierno.
Ahí reside, quizá, la dimensión más preocupante del fenómeno. El Foro Madrid no es relevante únicamente por reunir a dirigentes conservadores de distintos países, sino porque expresa la consolidación de una corriente política que ha dejado de ocupar los márgenes para convertirse, en varios casos, en una alternativa de gobierno. Sus ideas ya no circulan solamente en pequeños círculos ideológicos: hoy tienen presencia en presidencias, parlamentos, centros de pensamiento y espacios desde los que pueden traducirse en políticas públicas.
Las ideas, además, no se vuelven influyentes únicamente cuando consiguen ganar una elección. Su verdadero alcance comienza cuando logran construir organizaciones, formar liderazgos, conectar gobiernos, crear redes internacionales y disputar aquello que una sociedad considera normal, aceptable o incluso inevitable. Y en ese terreno, el Foro Madrid parece entender que la batalla política no termina el día de la elección.
Durante años analizamos la política latinoamericana como una suma de procesos nacionales: una elección en Argentina, otra en Chile, un cambio de gobierno en Colombia o una crisis institucional en algún otro país. Pero mientras seguimos mirando cada elección como un episodio aislado, las fuerzas políticas están aprendiendo a pensar y organizarse más allá de sus fronteras. La izquierda lo hizo desde hace décadas; ahora, una parte importante de la derecha parece decidida a hacerlo con mayor claridad y ambición.
Milei lo dijo sin demasiados rodeos: “La derecha también se tiene que organizar”. Quizá quienes no compartimos buena parte de las ideas que hoy convergen en esa organización deberíamos tomar la frase en serio, no para convertir al Foro Madrid en una conspiración omnipotente ni para negar su derecho a construir alianzas y competir democráticamente por sus ideas, sino para reconocer que mientras algunos todavía discuten si estamos o no frente a una nueva ola de derechas, esa ola ya ha comenzado a ganar gobiernos, conectar liderazgos y construir su propia infraestructura internacional.
Y quizá ahí resida una de las paradojas más interesantes —y también más inquietantes— de este fenómeno: mientras reivindican la soberanía nacional como uno de sus principios centrales, sus protagonistas han entendido que ningún proyecto político capaz de disputar el futuro de una región puede construirse ya desde el aislamiento. La derecha también se tenía que organizar. El Foro Madrid demuestra que ya lo está haciendo. La pregunta, quizá, ya no es si seguirá avanzando, sino hasta dónde.