Cuanto peor... mejor

La espiral de acontecimientos durante el proceso de transición no es casual —es causal—, tiene sustento ideológico

Por Marco Adame

Eufóricos en la victoria, frenéticos, ocurrentes y disparatados, así se muestran los adeptos de la “cuarta transformación”, sin que a la fecha hayan logrado materializar la esperanza del cambio que ofrecieron a fin de alcanzar la seguridad, la justicia y la paz social.

Contrario a lo que parece, la espiral de acontecimientos durante el proceso de transición no es casual —es causal—, tiene sustento ideológico y busca el empoderamiento absoluto del presidente electo, debilitar a las instituciones y el desmantelamiento gradual del sistema democrático, propósito muy distinto a la “refundación de la República”.

Lo que parece una cadena interminable de contradicciones, errores y ocurrencias, producto del éxtasis o la ignorancia, peligrosamente cercana al caos, es en realidad la ejecución de una línea programática por un reducido grupo de confianza que rodea al presidente electo y por un grupo más amplio de operadores territoriales de Morena, respaldada por una mayoría acrítica en San Lázaro y en los congresos locales dispuesta a aprobar sin cuestionamientos las iniciativas presentadas para concentrar todo el poder en un solo hombre.

Lo observado hasta ahora tiene un paralelismo preocupante con otros procesos disruptivos hoy reprobados por la historia.

En la novela del ideólogo revolucionario ruso Nikolái Chernyshevski ¿Qué hacer? (1863) se desarrolla lo que en la cuarta transformación se vislumbra como “la alegría eterna de una clase terrenal” mediante la instrumentación de la economía y la educación socialista desde el poder. Lenin publicó una serie de artículos titulados ¿Qué hacer? (1902), mismo título de la novela de Chernyshevsky, sobre la estrategia y organización que debía seguir el partido y el movimiento revolucionario.

A este filósofo, fuente de inspiración de Lenin y otros líderes soviéticos, se atribuye la frase “cuanto peor, mejor” y el planteamiento de la necesidad de polarizar y deteriorar las condiciones de vida de los obreros para provocar la lucha de clases que derrocó al régimen zarista.

Se podrá decir que México no es Rusia y que el acceso al poder de la coalición Juntos haremos historia se dio por la vía democrática. Pero no se puede negar que las ideas e ideologías influyen en el vaivén de la historia y que el mandato democrático de cambio puede ser secuestrado por el radicalismo de facciones.

Durante las últimas semanas, un día sí y otro también, ha surgido una “piromanía”

–como la llamó Federico Reyes Heroles– que en su conjunto conforman una cadena de “peores”. Lo que nos obliga a reflexionar acerca de si son consecuencia de desatinos e inexperiencia o son la inducción de lo que “mejor” convenga a la cuarta transformación.

Es mucho lo acumulado en poco tiempo: consultas ciudadanas ilegales y a modo; la cancelación del aeropuerto sin bases técnicas; inversiones públicas sin proyectos ni estudios al grito de “me canso ganso”, como el Tren Maya o la refinería en Tabasco; la imposición de “superdelegados”; la nueva Ley de la Administración Pública Federal que crea meta-estructuras; y los efectos desastrosos de la iniciativa sobre comisiones bancarias que cimbró los mercados financieros, calificada tan solo como “un tropezón”.

Capítulo aparte es la seguridad en el nuevo plan de paz, precedido de la amnistía, después de la multianunciada, luego cancelada y ahora retomada Guardia Nacional, convertida en “ejército-pueblo”, militarizado y con delegados políticos. Diversas instancias internacionales han expresado su preocupación ante la militarización y su poder cuasi absoluto, impensables hasta hace poco en la izquierda.

Efectivamente, México necesita un cambio, pero no de cualquier manera. Todos deseamos el bien del país y coincidimos en que es urgente la pacificación y curar el dolor evitable. México no va a cambiar sólo con la llegada al poder de un presidente, investido de poderes y sin contrapesos.

La corrupción no acabará por decreto ni habrá un mejor país mediante la polarización inducida a manera de lucha de clases. Nada bueno habrá si el presidente estigmatiza y etiqueta a quienes no coinciden con sus propuestas. México no cambiará con ningún discurso de odio; lo que se requiere es de reconciliación y unidad nacional.  

México cambiará si acertamos en la definición del ¿Qué hacer? sobre lo que sea mejor, si fomentamos la unidad en función de intereses superiores; si fortalecemos las instituciones democráticas, el estado de derecho, el federalismo y la división de poderes; y si respetamos la dignidad humana y los derechos fundamentales.

Desmontar estratégicamente instituciones o proyectos, aparentemente “peores”, ciertamente puede conducir al país a la llamada cuarta transformación, estado aparentemente “mejor”. No nos equivoquemos, sólo será mejor lo que engrandezca al país en términos de bien común por encima de cualquier persona o régimen de gobierno. Debe quedar claro, contra cualquier ideología radical, que lo peor no es lo mejor para México.

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