Confinamiento en París

Por Alejandra Escartin Día uno: el gobierno francés decretó la fase 3 del avance del coronavirus, pues la enfermedad ya alcanzó todo el país y hubo 175 casos nuevos sólo durante el sábado. Después de que el presidente Macron anunciara el cierre de todas las ...

Por Alejandra Escartin

Día uno: el gobierno francés decretó la fase 3 del avance del coronavirus, pues la enfermedad ya alcanzó todo el país y hubo 175 casos nuevos sólo durante el sábado. Después de que el presidente Macron anunciara el cierre de todas las escuelas (entorno en el que yo me desenvuelvo) y de que cancelara las actividades culturales, salí un rato a dar la vuelta buscando un poco de sol para no dejar que la tristeza se apoderara de mí, sabiendo que los días a venir serán complicados, pues mi contacto con otras personas, así como mi tiempo en espacios de ocio, se reducirán a la nulidad. Mientras paseaba frente al Museo del Louvre no vi más que a tres chicas tomándose fotos, una escena inimaginable durante un fin de semana en París, una de las ciudades más visitadas del mundo, lo cual reafirmó en mí la gravedad del asunto.

El gobierno decretó también que los restaurantes, bares y centros de entretenimiento cesen sus servicios, así que he estado todo el día en mi habitación porque la sugerencia del Estado es permanecer en casa y no salir, a menos que sea com-ple-ta-men-te indispensable.

Donde vivo es una residencia de estudiantes. Pensaba que la compañía de otros jóvenes como yo aliviaría un poco la reclusión en la que todos tendremos que vivir las siguientes semanas, sin embargo, ahora ya no es posible utilizar la cocina que compartimos como punto de convivencia y está prohibido comer con otras personas, porque, en palabras del conserje, “no queremos que se pasen el virus mientras están hablando”. Nada de quedarse platicando sobre cómo ha ido el día. Aislamiento en la habitación y evitar áreas comunes, como la lavandería. Ésas son las instrucciones de la administración del inmueble.

Aun así, en este contexto, se llevaron a cabo las elecciones municipales en el país. Se instalaron 70 mil mesas electorales, donde, entre las medidas para evitar el contagio, se acordó guardar un metro de distancia entre votantes, desinfectarse las manos con gel antibacterial y dejar que los ancianos y las personas consideradas frágiles frente al virus ejercieran, en turno prioritario, su derecho al voto.

En resumen: largas filas de personas en espacios cerrados, compartiendo urnas y bolígrafos para votar, después de cancelar todos los eventos y de cerrar las escuelas para evitar aglomeraciones.

Por otra parte, la situación de países vecinos ha tocado también mi experiencia en Francia. Los amigos que he hecho durante este intercambio académico volvieron este fin de semana a casa bajo la amenaza —ahora concretada— del cierre de fronteras españolas. Todos vienen de regiones diferentes de España y, sin embargo, todos han sentido la frustración de pisar su hogar y no poder saludar a sus familiares por el peligro de transmitirles la enfermedad. Una de ellas, oriunda de Zaragoza, compartió conmigo un video en el que se observan automóviles de la policía patrullando su barrio, deben asegurarse de que no haya nadie en la calle y, si encuentran a alguien que no tiene permiso de estar en el exterior, pueden multarlo por hasta dos mil euros.

Mientras tanto, me quedan dos amigas que no volvieron a sus países, porque el riesgo era mayor, una de ellas, proveniente de Rusia, se siente mucho más segura en París que en su ciudad natal, donde se tiene la sensación de que el jefe del Ejecutivo está tomando ventaja de la crisis de salud actual para aislar al país, impidiendo todo tipo de ingreso o salida del territorio.

Mientras que otra de mis amigas con las que he compartido esta experiencia de intercambio sabe que quedarse en casa no es discutible, pues viene de Italia, donde el coronavirus azotó con fuerza y ha dejado más de mil muertos y donde, cada día, el miedo de saberse contagiado aumenta la angustia de no poder acceder a los servicios de salud, pues los hospitales en la república italiana han sido rebasados por la enfermedad.

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