Errores Ajenos
¿Qué pasa si a alguien le toca pagar por algo que no hizo? La “justicia” no ve por los niños condenados junto a sus padres
Por Hugo Hernández Cordero
A lo largo de nuestra vida todos cometemos errores y la mayoría debemos enfrentarnos a las consecuencias de nuestras malas decisiones; aunque no necesariamente el error deriva de una mala decisión, puede también ser falta de conocimiento, o también, debido a la presión ejercida por alguna persona sobre nosotros; hay muchas causas más que pueden hacernos caer en un error. Pero… ¿Qué pasa si a alguien le toca pagar por algo que no hizo? ¿Y si a esa persona que le toca pagar es un niño?
En México, según el Instituto Nacional de las Mujeres, hay 13 mil niños hijos de mujeres presas y otros mil 500 chiquitos que viven con su madre y/o padre en prisión. Estamos hablando de un total de 13 mil niños que tristemente están pagando las consecuencias de los errores ajenos, y de otros mil 500 pequeños que están encarcelados por algo que ni siquiera son capaces de imaginar.
Difícilmente podríamos considerar siquiera que esos mil 500 niños han tenido una niñez, pues hay muchos de ellos que literalmente nacieron tras las rejas; son niños que están sufriendo las consecuencias de los errores de sus mamás o papás.
Piensa que son niños que desde el momento de nacer han enfrentado todas las adversidades que podamos imaginar: mala alimentación de la madre y falta de medicamentos durante el embarazo, lugares insalubres, falta de alimento adecuado, hacinamiento, falta de un espacio propicio para su cuidado y hasta en algunos casos falta de interés de las mismas madres.
Son niños que obviamente no conocen la calle, niños que no pueden comer lo que otros niños, pues tienen los mismos alimentos que los presos, niños que no tienen la experiencia de pasear en familia, de conocer un zoológico, de iniciar su escolaridad en libertad, y las autoridades no se hacen cargo de ellos.
A todas las carencias materiales que tienen estos niños debemos sumarle el maltrato y las humillaciones de las que son víctimas, tanto por parte de los custodios como de las internas, y ya ni hablar del propio entorno familiar, pues generalmente son entornos muy adversos en donde les toca o ha tocado ser víctimas o testigos de la violencia intrafamiliar.
Obviamente los entornos a los que se enfrentan en las cárceles no son adecuados para los niños, son expuestos a muchas conductas, hechos y actitudes que son inadecuados para sus edades, y recordemos que muchas de las características que tenemos como individuos las aprendemos por imitación.
Pero las adversidades no terminan allí, una vez que han atravesado y superado todas las dificultades mencionadas tienen que batallar con otras tantas. Por ejemplo: pueden estar con sus madres hasta el día en que cumplen seis años, al llegar esa fecha los niños son separados de su mamá sin importar absolutamente nada. Si el niño tiene la fortuna de contar con alguna persona que pueda hacerse cargo de él, tuvo suerte, pero en caso contrario la situación sigue siendo cuesta arriba para los pequeños porque son entregados al DIF, en donde su peregrinar continuará por quién sabe cuánto tiempo más, adaptándose a una sociedad que no conocen. Y después de esto…
Aunque los niños cuenten con alguna persona que se haga cargo de ellos, tampoco termina allí su periplo pues nuestra sociedad es muy dada a los estigmas y estos son niños que tristemente son etiquetados y señalados. Es lamentable ver que desde que se integran al kínder son víctimas de acoso por parte de los otros niños, quienes cargados de los prejuicios de sus papás terminan juzgando y señalando a los hijos de los presos.
Es increíble que, hoy en día, los niños tengan que pagar por actos que ellos no cometieron, que la “justicia” no pueda ver por el bienestar de esos pequeños que son juzgados y condenados junto a sus madres o padres, quienes a su vez no tuvieron el amor o la sensatez de pensar en sus hijos antes de hacer algo que iba a comprometerlos para siempre, porque son niños que están marcados por el resto de sus vidas.
La realidad es dura, y lo que nosotros podemos hacer para ayudar a estos menores, por lo menos, es no etiquetarlos ni juzgarlos.
Debemos tratarlos como a cualquier otro, porque no debemos perder de vista que ellos son inocentes y dentro del entorno de lo que está pasando terminan siendo las más grandes víctimas.
