1911. Atentados terroristas en Ciudad Juárez

Por Reidezel Mendoza S.*

Los atentados dinamiteros de 1911 fueron los primeros ataques con bombas registrados en Ciudad Juárez. Ocurrieron varias décadas antes del atentado contra el alcalde José Borunda en abril de 1938, y casi un siglo antes de que, en julio de 2010, una nueva agresión con explosivos conmocionara a la ciudad con la muerte de cuatro civiles. Los atentados con explosivos, que suelen asociarse con episodios más recientes, tuvieron así un antecedente temprano durante la Revolución.

En los primeros días de febrero de 1911, Alejandro Miranda, agente de la policía secreta porfirista, descubrió y desconectó varias bombas colocadas en edificios públicos, salvando decenas de vidas. Los artefactos estaban conectados con alambres a la red eléctrica y debían ser activados desde El Paso. No eran los primeros: antes se habían localizado otros en la Comandancia y en la Jefatura Política.

Por aquellos días, la presencia de las fuerzas del guerrillero Pascual Orozco en las inmediaciones había generado una gran expectación. Las calles permanecían desiertas por las noches y sólo unas cuantas cantinas continuaban abiertas. Numerosas familias abandonaron la ciudad para refugiarse en hoteles o casas de familiares y amigos del otro lado de la frontera.

Patrullas militares recorrían las calles, mientras voluntarios armados con rifles Winchester custodiaban la Comandancia de Policía y la Jefatura Política. En los días siguientes, el jefe político intensificó el reclutamiento de voluntarios para defender la población y contener el contrabando de armas.

La amenaza pronto dejó de ser solamente preventiva. El 25 de febrero, una bomba fue lanzada contra la sede de la guarnición federal en la avenida Lerdo, con la intención de asesinar al coronel Manuel Tamborell, jefe accidental de la plaza. La explosión no alcanzó su objetivo, pero rompió los cristales de edificios vecinos.

Entre los revolucionarios que recurrieron a estos métodos terroristas se identificó a Blas Guillén. Fabricaba bombas de mano con pieles de reses sacrificadas y las introducía ocultas entre sus ropas en las cantinas; una vez dentro, encendía la mecha con un puro, colocaba el artefacto debajo de alguna mesa y abandonaba el lugar.

Algunos partidarios del maderismo habían comenzado a radicalizar sus acciones. El propósito parecía ser sembrar el temor entre las fuerzas del gobierno y quebrantar su moral, aunque no es posible determinar si aquellos atentados fueron iniciativas individuales o si respondieron a instrucciones de Francisco I. Madero o de la Junta Revolucionaria, ambos al otro lado de la frontera. Lo cierto es que Madero no condenó estos actos.

Los informes policiacos describieron lo que las autoridades locales consideraban actos de terror: lanzamiento de cartuchos de dinamita en lugares públicos, amenazas anónimas contra funcionarios y almacenamiento clandestino de explosivos. En respuesta, la Jefatura Política ordenó cateos y decomisó varios artefactos.

La noche del 8 de marzo, un estruendo se escuchó en todos los rincones de Ciudad Juárez y en buena parte de El Paso. Según los propios maderistas, se trató de una maniobra de distracción para facilitar el cruce del río Bravo de una partida rebelde encabezada por Gabino Cano.

Una semana después ocurrió un nuevo atentado. La noche del 15 de marzo, otra poderosa explosión sacudió edificios próximos al cuartel del 14º Regimiento de Caballería, donde maderistas habían colocado dos bombas de nitroglicerina. No hubo muertos ni heridos, pero el estallido derribó una gruesa pared.

El efecto más inmediato fue el miedo. Los comerciantes cerraron sus negocios ante el temor de un ataque. Los responsables fueron descubiertos por los soldados, quienes abrieron fuego y lograron herir a dos de ellos. Se redobló la vigilancia en los cuarteles del coronel Tamborell y del general Juan J. Navarro.

Para entonces, la tensión había transformado la vida cotidiana de Ciudad Juárez. Los pasajeros que llegaban por ferrocarril eran revisados y los agentes de Migración endurecieron la vigilancia en los puentes internacionales. Trabajadores mexicanos de El Paso fueron detenidos bajo sospecha de pertenecer a grupos insurrectos; algunos terminaron en prisión sin pruebas suficientes.

Los atentados de febrero y marzo de 1911 muestran una dimensión menos conocida de la Revolución de Francisco I. Madero. Junto a las operaciones convencionales, algunos revolucionarios recurrieron al sabotaje, la intimidación y al uso de explosivos en espacios públicos. Las bombas buscaban provocar incertidumbre y extender la sensación de que el enemigo podía actuar en cualquier momento y lugar.

Vistos a la distancia, aquellos atentados inauguraron en Ciudad Juárez una forma de violencia que reaparecería en otros momentos de su historia. Mucho antes de que las bombas quedaran asociadas a episodios posteriores de violencia, la ciudad ya había conocido su capacidad para convertir el miedo en un arma y trastocar, con una sola explosión, la vida cotidiana de toda una comunidad.

*Para saber más: Reidezel Mendoza, Del Cerro Bola al Río Bravo. Soldados de fortuna, forajidos e insurrectos durante la rebelión maderista en la frontera (1910-1911), Chihuahua, 2016.