La justicia también se cultiva

Por Lina Pohl*

Cada 8 de marzo el mundo recuerda que la igualdad entre mujeres y hombres sigue siendo una promesa pendiente. Este año, bajo el lema Derechos. Justicia. Acción. Para todas las mujeres y niñas, el Día Internacional de la Mujer pone el foco en una pregunta fundamental: cómo garantizar que los derechos de las mujeres no se queden sólo en el papel, sino que se traduzcan en oportunidades reales, protección efectiva y condiciones de vida dignas.

La respuesta a esa pregunta también pasa por mirar hacia los territorios rurales y los sistemas agroalimentarios, donde millones de mujeres sostienen la producción de alimentos, el cuidado de los ecosistemas y la economía de sus comunidades. Sin embargo, su contribución sigue siendo en gran medida invisible. A nivel mundial, más de un tercio del empleo femenino se encuentra en los sistemas agroalimentarios. Las mujeres producen, procesan y comercializan alimentos que sostienen a familias y comunidades enteras. No obstante, enfrentan brechas persistentes en el acceso a la tierra, al financiamiento, a la tecnología y a los espacios de toma de decisiones.

Estas desigualdades se reflejan también en la productividad y los ingresos: en explotaciones agrícolas comparables, la productividad de las mujeres puede ser hasta 24% menor que la de los hombres, y quienes trabajan por salario en la agricultura ganan en promedio 18% menos.

Cerrar estas brechas no es sólo una cuestión de equidad. La evidencia muestra que, si se eliminara la desigualdad de género en la productividad agrícola y en los salarios dentro de los sistemas agroalimentarios, el producto interno bruto mundial podría aumentar en cerca de 1%, lo que equivale a casi un billón de dólares. Al mismo tiempo, alrededor de 45 millones de personas podrían salir de la inseguridad alimentaria.

Por ello, 2026 ha sido declarado el Año Internacional de la Mujer Agricultora, una iniciativa que busca visibilizar el papel fundamental de las mujeres en los sistemas agroalimentarios y promover políticas e inversiones que fortalezcan su liderazgo, su autonomía económica y su acceso equitativo a recursos productivos.

Las cifras son contundentes, pero la transformación también se entiende mejor cuando se observa en el terreno.

En la comunidad mixteca de San Juan Teita, en Oaxaca, Alejandra Santiago comienza sus días entre fibras de palma, agujas e hilos. A sus 47 años, madre de tres hijos estudiantes y comunera reconocida, forma parte de Flor de Palma Bonita, una empresa rural integrada por mujeres que transforman la palma dulce en artesanías que reflejan identidad cultural, conocimiento tradicional y resiliencia comunitaria.

Durante generaciones, la palma ha sido parte de la vida cotidiana de esta comunidad indígena. Sin embargo, con el paso del tiempo y la migración, esta práctica comenzó a desaparecer. En años recientes, además, un incendio forestal afectó cientos de hectáreas de palma en el territorio comunal, recordando la fragilidad de los ecosistemas de los que dependen estas actividades.

A través del proyecto GreenMex, impulsado por el gobierno de México con financiamiento del Fondo para el Medio Ambiente Mundial e implementado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) junto con la Comisión Nacional Forestal, mujeres como Alejandra han recibido capacitación, acompañamiento técnico y apoyo para fortalecer el manejo sostenible de este recurso forestal.

El resultado no ha sido únicamente la recuperación de una actividad productiva. También ha surgido un espacio de organización, liderazgo y toma de decisiones entre mujeres. Hoy, Alejandra participa en todas las etapas del proceso: desde la recolección de la palma hasta el tejido y la comercialización de las piezas. Y junto con otras mujeres de su comunidad demuestra que conservar la biodiversidad y generar medios de vida sostenibles pueden avanzar de la mano.

Historias como ésta reflejan una realidad más amplia: cuando las mujeres rurales cuentan con acceso a recursos, capacitación y oportunidades, los beneficios se multiplican. Mejoran los ingresos de los hogares, se fortalecen las economías locales, se cuidan los ecosistemas y se refuerza la seguridad alimentaria de las comunidades.

En esta misma línea, la FAO también trabaja con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural en iniciativas como Suelos para la Nutrición, que fortalece las capacidades de productores y técnicos para mejorar la salud del suelo y la producción de alimentos nutritivos. Como parte de este esfuerzo, México cuenta con las primeras 183 mujeres certificadas como Doctoras de los Suelos, y otras más en proceso de formación, quienes acompañan a productores y comunidades en el conocimiento y manejo sostenible de este recurso esencial para la agricultura.

En otras palabras, avanzar hacia la igualdad de género en los sistemas agroalimentarios no sólo es una cuestión de justicia social. También es una condición esencial para enfrentar algunos de los mayores desafíos de nuestro tiempo: el hambre, la pobreza rural, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

En este Día Internacional de la Mujer, el llamado es claro. Garantizar derechos, justicia y acción para todas las mujeres y niñas también significa reconocer y fortalecer el papel que millones de agricultoras desempeñan cada día en los campos, bosques y comunidades rurales del mundo. Porque cuando las mujeres tienen las mismas oportunidades para producir, decidir y liderar, no sólo cambia su vida. Cambia también el futuro de los sistemas alimentarios, de los territorios y de las generaciones que vienen.

*Representante de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, en México

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