Una historia susurrada

“Estábamos muy asustadas y nos avisaron que habían matado a Bernardo Reyes, el general. Murieron muchas mujeres, que habían salido al mandado o al rezo. También, hombres entre inocentes paseantes y culpables porque tomaron las armas y seguían defendiendo al Presidente. Extraño a mi marido. Ser viuda es grave en un país como éste y en estos terribles momentos”

“Aquel domingo de febrero desperté con extraña ansiedad. No sabía lo que sucedería, pero el aire presagiaba tormenta. Según los conocedores, haría buen día, pero ni los pájaros lo creían. Había muchos hombres en Paseo de la Reforma. Marchaban hacía el Zócalo de la ciudad, iban derechito a la llamada, desde las Leyes de Indias, Plaza de la Constitución.

“A lo lejos, se veía una columna de humo negrísimo como la noche que se cernía sobre el país. Después de horas, Luz me informó que en la calle decían que incendiaron la prisión militar de Santiago Tlatelolco y había gran cantidad de reos muertos. Al poco rato, oímos disparos. Querían tomar el Palacio Nacional. No pudieron y desde ese momento, fue resguardado. Pero la balacera continuó. 

  • “Estábamos muy asustadas y nos avisaron que habían matado a Bernardo Reyes, el general. Murieron muchas mujeres, que habían salido al mandado o al rezo. También, hombres entre inocentes paseantes y culpables porque tomaron las armas y seguían defendiendo al Presidente. Extraño a mi marido. Ser viuda es grave en un país como éste y en estos terribles momentos.

“Desayunábamos mi hijita y yo en el comedor familiar. Abrimos las cortinas y saludé, como cada mañana, a mi guardia personal, Colón. Desde ahí, vimos pasar al presidente Madero, montado en su caballo y rodeado de muchos jóvenes. Mucha gente lo aclamaba a su paso. La inquietud vibraba fuerte en mi corazón. El teléfono dejó de servir y no había periódicos. Vinieron amigos para saber cómo estábamos.

“Tenía que tomar decisiones. Madero era, como yo había deseado desde hace años, Presidente, pero los tiempos estaban ya muy turbulentos. Las balaceras siguieron a lo largo del día. Mi hijita abría sus enormes ojos y me decía que tenía miedo, mucho miedo. Firme, le dije que lo mejor era que se fuera con su tío Carlos a vivir en California. Esta situación se saldrá de control y a saber cuándo retorne la paz. No podría seguir aquí con su vida y su vida corre peligro. Lloró y lloró. Quiere un país sereno. Habrá que buscar otros argumentos. Le dije que haría los arreglos y que lo más importante es que ella estuviera a salvo y continuara con sus estudios. Me preguntó si podía llevarse a su perrito.

“Así pasamos las lentas horas. Sin noticias y con el horrendo sonido de las balas. Para la noche, la cosa era de espanto. Había hogueras encendidas por aquí y por allá. Me dijeron que estaban quemando cadáveres, ¡qué horror! Ya no había luz y las velas daban un espectáculo tenebroso. Habría que procurar no salir y disponer de lo necesario.

“No dejo de pensar en Sara, mi amiga. Debe estar al borde de la desesperación. Después de aquella deshonrosa solicitud que le hiciera la esposa del embajador Wilson (horrible persona), debe estar pensando que no debió negarse de manera tan rotunda. En fin, arrepentirse no servirá y lo que hizo bien, aunque tenga consecuencias, así se queda.

“Llegó ya tarde en la noche, mi amigo el embajador de Japón, señor Horiguchi, a preguntar por nuestro estado de ánimo y a decirme que él defendería la vida del Presidente que, aunque pocos creyeran que las cosas llegarían a tal extremo, él había vivido ya muchas veces esos ambientes enrarecidos, cuando los criminales salían de sus madrigueras dispuestos a cualquier cosa con tal de hacerse con el poder.

“Luego, llegó mi hermano con su caradura. Lo primero, reiterar que él no tiene escrúpulos y que mientras pueda seguir ganando dinero, no importaba mucho quién fuera Presidente, pero que este clima de temor no ayudaba a los negocios. Ya ni rabia me da. Sólo recuerdo los buenos tiempos de infancia y que diga cualquier cantidad de necedades”.

  • Tengo para mí, que hoy hay que defender la democracia. Fui a la Plaza de la Constitución y viví la emoción ciudadana. Que la Suprema Corte haga bien su trabajo.

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