Los títeres de cachiporra*

Tradición popular para golpear a quienes detentan el poder, estos títeres de cachiporra son violentos, autoritarios, grotescos. Su palabra lleva al absurdo y provoca carcajadas estridentes. Toda una farsa para acumular poder. Pero, ¿qué sucede cuando están en el poder?

El mosquito inicia el espectáculo (es dueño, administrador, actor y hasta mosquito) y dice, con voz intentando ser potente: “Yo avisé a mis amigos y huimos por esos campos en busca de la gente sencilla, para mostrarles las cosas, las cosillas y las cositillas del mundo; bajo la luna verde de las montañas, bajo la luna rosa de las playas. Ahora que sale la luna y las luciérnagas huyen lentamente a sus cuevecitas, va a dar comienzo la gran función titulada… (FGL)”: Ora sí, ya llegué.

Esto es una de esas exageradas extravagancias de las realidades de la vida. Quienes ríen y aplauden gustosos a ese espectáculo creen que nunca les golpeará, sin percibir que ya han sido apachurrados (¿asesinados y desaparecidos?). Han trastocado desde butacas, hasta techos y pisos. Colocar cada cosa en su sitio podría llevar mucho tiempo y ¡para colmo! sin presupuesto. 

Otra vez el mosquito: “No hay que llorar, pueblo bueno. La tierra tiene caminitos blancos, caminitos lisos, caminitos tontos”, pero, ¿por qué ese derroche de corcholatas, federales, estatales y hasta municipales? “Después de todo, la luna no está en menguante, ni el aire va, ni el aire viene” (FGL) y ora sí, ya me voy. No hay que llorar.

Deja en el escenario a sus personajes. Para ser farsa tiene el pie en el freno, pues no debiera designar sucesora, sino reconocer el poder que tienen las mujeres que no forman parte de su compañía y lo han ganado en buena lid desde hace años, como Xóchitl.

  • Contrariando de manera grave el ánimo de ese titiritero, la modernidad llegó también a este espacio. El cine de animación, que con Guillermo del Toro ha fascinado con el stop-motion Pinocho, hace esperanzador que México retome sendas perdidas y avance rápido hacia una justicia social sin aspavientos, mentiras y simulaciones. Trabajo preciso, bien hecho y con participación de todas y todos. Del Toro si escuchó, además, a voces expertas.

Tradición popular para golpear a quienes detentan el poder, estos títeres de cachiporra son violentos, autoritarios, grotescos. Su palabra lleva al absurdo y provoca carcajadas estridentes. Toda una farsa para acumular poder. Pero, ¿qué sucede cuando están en el poder? Se escudan en la simpleza, en las frases efectistas, crean caos donde ponen la mira. Siempre incapaces de asumir responsabilidades.

Cual chiquillos descuidados, son buleadores cobardes, escondiendo la mano tras tirar la piedra. Incoherentes, intentan crear mundos maravillosos, donde, claro, ellos son los buenos y los superpoderosos del cuento. Inician sus relatos con las injusticias sufridas, víctimas inocentes, hasta una lágrima furtiva asoma a su parpado y juran perdonar ofensas inventadas por ellos mismos; pero, al final, cobran venganza de manera desproporcionada. A pesar de hacer reír, son incapaces hasta de sonreír sin sorna. La bonhomía no es una de sus compañeras.

  • Los títeres de cachiporra son espectáculos muy baratos. El uno, cree representar a todos y decide por todos. Engaña cambiando de disfraz; un día, humilde ciudadano y otro, terrible vengador de afrentas inconmensurables. Igual reclama a reyes que a filósofos o científicos, porque no hacen lo que él quiere: echarle porras.

Un tal don Cristóbal, títere destacadísimo en España, viejo feo y repulsivo, busca jovencita seria para desposarla. La madre, encantada, empuja a su hija al muy conveniente matrimonio, pero, ¡oh! se le olvidó al tal fulano que las mujeres toman sus propias decisiones y ella actúa por sus propios intereses, como haría cualquiera. El viejo, engañado, grita, golpea y da cachiporrazos a diestra y siniestra. Terrible situación, donde los y las mironas no son de palo y sufren las consecuencias nefastas de sus malas actuaciones. Mejor, optar por Xóchitl. Ella sí puede, sí sabe y se le da lo de reconciliar.

* Federico García Lorca. FGL

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