Las muchas formas para dejar de existir
A pesar del éxito por estar en lugares que nunca había pisado una mujer, de contar con grados académicos que ¿certifican? un elevado grado de razonamiento, de haber formado una familia y tener hijos ya independientes, divorciarse y lograr un matrimonio tardío para no estar sola, algo está crujiendo en ese entramado tan increíble para sentenciar que la libertad de las mujeres es ya una realidad en México.
Para reflexionar hace falta regresar a lo pasado. Una forma, ver películas. Despegando el siglo XXI, Las horas, basada en la vida y textos de Virginia Woolf, es oportunidad para analizar hasta dónde es real “la libertad de las mujeres”.
Desgraciadamente, en México no es ni metáfora ni creación literaria la desaparición de personas, mujeres muchas de ellas. Afortunadamente, las incansables e invencibles madres buscadoras han logrado que el olvido sobre esas personas desaparecidas no se consume. Y molesta a quienes detentan el poder, porque al menos, por omisión son responsables. Pero ésa es una manera trágica de dejar de existir. Hay otras, más ¿sutiles? también dolorosas y que merecen ser miradas.
A esas formas de dejar de existir alude la película. Laura Brown, la joven madre, hundida en la desazón de su vida, en la carencia de sentido, en el acomodarse a eso llamado “el sueño americano” y sentir que “no encaja”, le causa angustia existencial. Al leer el libro de Virginia, La señora Dalloway, decide tomar su vida en sus manos y huye. Desata, seguramente, el caos familiar y es fácil cargarle las culpas de los errores y fracasos de los integrantes de esa familia.
La señora Dalloway, editora encantada, aparentemente, de la frivolidad y la liviandad que la envuelve, escapa a esa manera de no existir, apoyando en todo a un poeta enfermo de sida. El suicidio de éste, la deja frente al vacío de su vida. Según la película, Virginia Woolf reclama que los médicos le han arrebatado su vida, su capacidad de decidir lo que quiere, cuándo y cómo, y la han colocado en otra forma de no existir.
La carencia de sentido de la vida propia, la incapacidad para tomar decisiones, las enfermedades y sus metáforas, la frágil salud mental. Posibles explicaciones a esas formas para no existir. Pero olvidamos el contexto, olvidamos la opresión del poder sobre todas y todos y más, sobre ésas otras que no acatan decretos de felicidad. Olvidamos las implicaciones de la economía, de la carencia de infraestructura o su deterioro para acceder a derechos, olvidamos una sociedad discriminatoria. Eso también impacta en las subjetividades y las conduce a esas otras formas de no existir.
A pesar del éxito por estar en lugares que nunca había pisado una mujer, de contar con grados académicos que ¿certifican? un elevado grado de razonamiento, de haber formado una familia y tener hijos ya independientes, divorciarse y lograr un matrimonio tardío para no estar sola, algo está crujiendo en ese entramado tan increíble para sentenciar que la libertad de las mujeres es ya una realidad en México.
Como cualquier mujer, los recuerdos pudieran atormentarla, y como los de todas, pueden ser ingratos. La posibilidad de que un momento del pasado se reactualice en otro del presente o del futuro, pudiera sucederle. ¿Primero los pobres? ¿Quiénes son los y las que protestan? ¿Todos conservadores, incluidas las madres buscadoras? ¿Son delitos la protesta en el Zócalo, el ser joven, el indignarse por el asesinato de Carlos Manzo? ¿Le recuerdan palabras maternas: la herencia del movimiento (del 68) para la construcción de un México más democrático y justo? ¿Espiará como espiaron a su madre durante nueve años?
La señora Dalloway, independiente y frágil, tiene miedo a las barredoras. Disfraza su edad con juvenil cola de caballo. Declara “las mujeres nos vemos más bonitas cuando alzamos la voz” ¿como las fantasmagóricas voces de muñecas parlantes? ¿La libertad de las mexicanas, amenazada por las desapariciones, por las violaciones, por el acoso y el hostigamiento? Alzar la voz, ¿para tener el mismo fin que Carlos Manzo? ¿Aplaudir la impunidad? ¿Es colonialismo emocional lo que vive? ¿Entre libertad y conformidad, ¿mejor lo segundo? Teuchitlán sigue causando pavor. Ahora, amenazas.
