En tiempos de paridad política
Asistir a un Seminario en Oaxaca para revisar la situación de las mujeres, en plural porque somos muy diversas y estamos situadas en muy desiguales posiciones, es alentador, triste, desesperante y muy estimulante. Desde las mujeres que viven en comunidades de pueblos originarios y miran la paridad como desafío hasta aquellas que viajan por el mundo entero encontrando entre los incontables milenios ya vividos verdades ocultas: “labores propias de su sexo”. Piedra angular de la desigualdad.
Aún no hay genetista que se respete que se atreva a decir que planchar, lavar o cocinar está inscrito en el gen 82746 de las mujeres. Fantasía patriarcal que nos han adosado con los juguetes infantiles propios para niñas: casitas, ropitas, muñequitas. Increíble el poder de la costumbre y, más, la impotencia de muchas a decir no. Una sílaba de dos letras con las que al pronunciarlas arriesgan su vida, su honra y su bienestar. El trabajo doméstico que debiera ser el más democrático de todos los trabajos, ya que todas y todos necesitamos del cuidado, a veces de manera intensa, siempre de tarde en tarde. Pero no, que fácil parece decir “labor propia de su sexo” y poner a servir a más de media humanidad, para que la otra parte disfrute, sentado y con cerveza a lado, de un gol de Messi.
Contar los segundos, minutos, horas y días que requiere invertir para que la comida esté lista, la casa limpia y la familia satisfecha en la medida de las posibilidades, ha llevado años a las expertas, para mostrar la injusta distribución y desentrañar la riqueza que se genera con esos trabajos invisibles. Y dar cuenta de que es un trabajo sin reconocimiento de ningún tipo, mientras que aquel golazo vale millones de euros. Algo está muy requeté mal en este muy injusto sistema. Según el Inegi, “durante 2015, el valor económico del trabajo no remunerado doméstico y de cuidados alcanzó un nivel equivalente a 4.4 billones de pesos, lo que representó 24.2% del PIB del país”. Y “el sueldo neto de Messi en su actual contrato, que expira en 2018, promedia los 32 millones de euros por año”.
¿Qué hacer ante la violencia feminicida, cuyas cifras parecen no disminuir a pesar de las alertas de género? Y más, esta violencia en contra de las mujeres parece que llegó para instalarse en la política, pues la Cámara de Diputados ha congelado cualquier iniciativa que pretenda frenar este flagelo, que va desde “piropos” hasta asesinatos. ¡Urgen cursos de defensa personal a quien quiera ser candidata!
Tendremos que escribir de otra manera el gran logro del sufragio femenino. Y podría ser: en 1953, las mujeres ganamos el derecho a votar y sólo eso, votar. Para ser votadas en igualdad de condiciones, fue necesario incorporar una medida afirmativa, las cuotas obligatorias, que se impusieron hasta 2002; pero para que se respetaran, fue necesario interponer diez juicios contra las normas violatorias de derechos del entonces IFE y trabajar gratis un año para que la sentencia favorable a los derechos de las mujeres fuera acatada por los partidos políticos, en 2012. Pero no concluye ahí la historia, pues con la Reforma Política de 2014 se plasmó en la Constitución la paridad en candidaturas a puestos de elección popular.
En las siguientes elecciones, a golpes de sentencias, marchas y denuncias, han ocupado muchos más puestos mujeres que han resistido todo tipo de violencia, pero hemos encontrado una tremenda similitud que iguala al sistema de partidos con los sistemas normativos internos de los pueblos originarios, y es que los hombres no dejan hablar a las mujeres. Estudios e investigaciones han sacado a la luz esta verdad: a pesar de estar en los congresos, a las mujeres no se les da voz. Es decir, ganamos el derecho a votar, a ser votadas, y ahora tendremos que luchar para tener voz y que nuestros intereses y nuestras esperanzas sean escuchadas, mientras seguimos con la obligatoria doble jornada y la amenaza pendiente sobre nuestra cabeza. Ni en el Congreso, ni en el transporte público, ni en la casa, estamos “libres de violencia”.
