Valor y dignidad

Cenizas. “Mi marido solía decir: En los tiempos antiguos, los hombres iban a la guerra, ahora no hay guerras, y los hombres siguen con necesidad de luchar; por eso se ejercitan en actos de violencia, rapiñas y otros excesos, no por hacer mal, sino para hacer alarde, sea como sea, de su valor”. Grazia Deledda. Premio Nobel, 1926.

Encontrar el hilo de la madeja en la telaraña de los acontecimientos que narran los medios es ejercicio necesario para la justa reflexión. Nochixtlán, tierra que una mañana se vistió con el color de la grana cochinilla, deja la huella de las pasiones encerradas, donde la cobardía tiene un lugar preponderante.

Mirar cómo, con la imperiosa iniciativa del Presidente para equiparar derechos a la comunidad LGBTTTI (matrimonio igualitario), se desata la muy innoble y desleal (anticonstitucional) campaña de la jerarquía católica y a pocos días, la tragedia del bar Pulse, en Orlando, pone en las bocas, aquí y allá, la palabra cobardía. Y más, cuando un hombre muy pequeño, de apellido Trump, a gritos destemplados procura ganar adeptos a costa de la infamia. Igual los obispos, mirando la paja en el ojo ajeno, intentan borrar un acto de dignidad. Muestra fiel de su cobardía, no sólo hipocresía, constatada al proteger a los infames y olvidar las tantas infancias heridas y humilladas.

Vemos cómo sube la intensidad del tono de la hebra, porque, sin recato alguno, El Bronco declara sobre pasiones ciudadanas, a quienes niega la palabra y dicta sentencia de desamor, sin darse cuenta que sólo habla de sus propios sentimientos. Odios quizá no vividos por los otros, que alertan sobre el rojo intenso que obnubila la mirada. Igual en Comitán, ante la cobarde agresión a maestras y maestros, el público asistente es incapaz de pronunciar “detente”. Cobardía e infamia en una sola mañana, en dosis excesivas para quienes consideran digna a la humanidad.

Sabemos que una acción tiene múltiples significados, por las diferentes posibilidades de ser interpretada o vivida por la(s) víctima(s) o por los observadores; los actos de violencia se intensifican con el tiempo, lo que desafía clasificaciones simples. Deben ser entendidas como parte de un conjunto de prácticas, no como eventos aislados. Rosa Margarita Ortiz, valiente y dignamente, denuncia la infamia de cobardes, y con ese acto hace visible la rabia y el dolor de millones de mexicanas agredidas simplemente por ser mujeres. Además, hiere la injusticia de la constante impunidad.

Un estudio del Inmujeres, ONU-Mujeres y la Segob detalla que “tan sólo en 2014, dos mil 289 mujeres fueron asesinadas por razones de género en el país”. ¿Y quién ha sido el valiente de encarar las consecuencias? Una persona se valora por su responsabilidad cuando toma una serie de decisiones de manera consciente, asume las consecuencias y responde ante quien corresponda. Ninguno ha dicho “yo”.

Cobardía es esconder la mano, protegerse en la multitud, enfrentarse con falacias a su propia sombra y culpar siempre a otros, otras, de las consecuencias y de su propia desdicha. Ese mal padecía el multiasesino de Orlando, a quien, cual mosca en la oreja, no dejaba de zumbarle la palabra: cobarde, cobarde. La cobardía, “vicio que se considera como la degeneración de la prudencia, degeneración que lleva a toda anulación del valor”.

El odio, la hebra roja que sale de los medios, pero no lo inventan, sólo narran. Sociedades que no entienden el valor de la igualdad. Quizá, porque: “Y he aquí que temblamos de miedo,/ que nos ahoga el llanto contenido,/ que nos aprieta la garganta el miedo”. Como lo dijo, desde la profundidad del corazón, Jaime Sabines.

Cuando hablamos de dignidad hablamos de una condición que lleva al reconocimiento de derechos del individuo frente al Estado y, también, de un deber impuesto a las y los particulares por este último para que la dignidad humana no sea violada por acciones u omisiones de terceras personas. Dignidad, fundamento de los derechos humanos, ¿protegidos? por el Estado mexicano.

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