Un saldo al cumplirse un mes de sumas y restas tras el operativo de agentes de la CIA en territorio mexicano es el crecimiento geométrico de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos. Un crecimiento en imagen y, creo, también en poder real.
Durante 30 días ha atraído, casi en exclusiva, la inquina de la 4T: ha sido Calderón, García Luna, el anti México, el engaño, la mentira, la traición. Ante esa ofensiva, no se ha precipitado ni se ha equivocado.
En paralelo, su figura se ha ido consolidando como la mayor opositora del país. Junto a ella, otros panistas, priistas, emecistas, lucen diminutos, en este momento.
Ayer pude entrevistarla, por fin. Una hora en vivo. No titubeó. Se condujo a partir de tres, cuatro conceptos, pero esencialmente respondió con un coraje cercano al de quienes no se van a dar por vencidos: “No me voy a hacer a un lado; no me ha requerido la FGR; no me ha invitado la presidenta Sheinbaum —es falso que no le haya tomado la llamada: tiene mi celular y me buscó en la oficina y después ya no me quiso contestar—; no gestioné la participación de la CIA ni supe que estuvieron ahí; jamás ordené obstruir la manifestación de Morena —prueben lo contrario—; la 4T tiene bajo acoso a los gobernadores del PAN; los candidatos de Morena para sucederme —Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar— son veneno y violencia”.
Si sale viva de ésta, será difícil decirle: gracias, Maru, regresa a tu casa. Si sale viva.
