I. “Mi amigo, me van a entregar mi silla de ruedas con motor y, si me lo permite, quiero estrenarla en su audiencia de la semana entrante”, me dijo don Javier Coello Trejo. Cumplió. El 6 de agosto entré con él y con el abogado Javier Esquinca a la Sala del Centro de Justicia del Reclusorio Norte, a la audiencia de siete horas en que se vinculó a proceso a Armando Escárcega, El Patrón, por un segundo delito relacionado con el atentado en mi contra. Don Javier –mi asesor de víctima–, a mi lado en su silla motorizada, nunca se movió, distrajo ni pestañeó. Siguió la sesión como un pasante deseoso de aprovechar la oportunidad. Salimos de noche. Me regresé en su camioneta escuchando su análisis puntual, estratégico; yo, como un pasante que anhelaba comprender.
II. Acordamos finiquitar el caso una noche del pasado octubre, en el bar del Four Seasons, en el centro de Madrid. Él, su hijo Javier y yo. Don Javier se iría al día siguiente a una clínica de Salamanca a tratarse un padecimiento que se le complicaba. “Mi amigo, esto no me está gustando, pero voy a dar la batalla, usted me conoce”. Creo que sabía que el desenlace no estaba lejos. Lo recuerdo en paz, orgulloso de los suyos. Entrañablemente generoso y cariñoso conmigo. Tomó una Coca-Cola sin azúcar. Resolvimos en tres minutos no objetar el procedimiento abreviado para El Patrón: que saliera de la cárcel, sentenciado, en 14 años, no en 30, o más. “Es lo que usted quiere y nosotros creemos que es lo mejor”, nos despedimos de la que sería nuestra última reunión del atentado.
