Se cumplen 11 meses de la desaparición del joven de 21 años Carlos Emilio Galván. Se lo llevaron de los baños de un bar de Mazatlán, el Terraza Valentino, uno de cuyos copropietarios, Ricardo El Pity Velarde, era entonces secretario de Economía del gobierno de Rubén Rocha en Sinaloa.
Aunque desde el principio pudo reconstruirse de manera consistente lo ocurrido —Carlos Emilio fue sometido y sacado del bar por al menos dos personas—, las investigaciones no han conducido a nada.
Brenda Valenzuela, madre del joven, se ha esforzado por encontrarlo, vivo o muerto. El poder de Sinaloa la tira de a loca y la desprecia. La desaparición bastaría para fincar responsabilidades a más de una autoridad; a El Pity, en primer lugar. Pero no.
En esos 11 meses, Rocha y los suyos se fortalecieron, cayeron en desgracia, intentaron regresar y fracasaron. Arribaron dos gobernadoras interinas. Personajes que integraban el tenebroso eje de poder de Rocha, como el senador Enrique Inzunza, no movieron un dedo por Carlos Emilio.
Ahora Inzunza intenta salir de su escondite y armar un desmadre político para quién sabe qué fines. La presidenta Sheinbaum termina consintiéndolos. Morena también.
Si se quiere encontrar un lienzo que describa una época, aquí lo tienen: el de Carlos Emilio, pintado con la criminalidad, la impunidad y la frivolidad que se vivían y se siguen viviendo en Mazatlán y en Sinaloa.
