En los días de la pandemia de 2020, Santiago Nieto me invitó a tomar un café a las instalaciones de la UIF, que él dirigía. Me mostró y explicó varios PowerPoint impresionantes: sofisticadas telarañas, ejemplos de lo que investigaban para romper redes de empresas o particulares que, presuntamente, delinquían a través de operaciones financieras. Imagino que la metodología y la tecnología de la UIF deben ser hoy más poderosas y eficaces.
La presidenta Sheinbaum dijo el viernes que no había nada contra Andrés Manuel López Beltrán, pero que, de haberlo, “no vamos a encubrir a nadie si cometió un delito”. Redondeó la frase con la aclaración de que el retiro de una visa por parte de Estados Unidos no ameritaba el inicio de una investigación.
Parecería un blindaje en automático de Palacio Nacional al hijo de López Obrador, quien, en su delirante carta a Trump, aseguró que no ha cometido delito alguno.
¿Significa todo eso que los trabajos de la prensa y de organizaciones civiles sobre sus supuestas actividades delictivas son errados, falsos, malignos inventos? ¿Jamás incurrió en tráfico de influencias? ¿No se sirvió de contratos de obra pública? ¿Es mentira lo divulgado —ayer incluso—sobre su mano y peso en el huachicol? ¿Vive como vive gracias a la venta de chocolates?
¿Ni por curiosidad la UIF ha producido una telaraña como las que desplegaba Santiago Nieto? Lo que sí sabemos es que, en los casos que tocan sus entrañas y su alma, la 4T no se investiga a sí misma. El de Andrés Manuel López Beltrán no tendría por qué ser la excepción. Diga lo que diga la Presidenta.
