La designación de Julieta Ramírez como coordinadora-candidata de Morena en Baja California tuvo el efecto inmediato de un desmentido fulminante de la información difundida sobre ella hace unos días. Porque ni en la más descabellada estrategia la jerarquía de la 4T habría tomado esa decisión si supiera que la senadora Julieta se ofreció a colaborar con la justicia de Estados Unidos para atenuar una acusación por asociación delictuosa.
“Tengo la mejor opinión de ella y tiene toda mi confianza”, dijo la semana pasada Ariadna Montiel, presidenta de Morena. Lo repite ahora tras elegirla como su carta para retener el gobierno de la entidad fronteriza, cuya mandataria, Marina del Pilar Ávila, vive bajo el escrutinio y la sanción estadunidense.
La presidenta Sheinbaum se sumó ayer, a su manera, al desmentido. Literalmente, gritó a los cuatro vientos durante su discurso en el Desfile de la Independencia que México no será nunca colonia ni protectorado de nadie, porque somos un país que no se doblega ni se arrodilla.
Mientras las palabras de Sheinbaum todavía resonaban en el Zócalo, Trump insistía desde Washington en que México debe “exponer, arrestar y procesar a los numerosos funcionarios públicos corruptos que han colaborado con los cárteles y traicionado la seguridad y la soberanía de su propio país”.
Julieta no es de esa clase. Según Morena. Y Palacio Nacional.
