Andrés Manuel López Obrador cumple un año y medio de haber dejado de ser presidente de la República.
Diga lo que diga, no ha podido salir de su finca de, según el meteorológico, días calurosos, bochornosos, mojados. Cuando lo hizo —él mismo lo confiesa—, fue de manera breve y clandestina.
Quizá en Palenque encontró el silencio propicio para sentarse a producir textos que pretenden reescribir la historia de México. Y quizá yo sea un necio, pero, año y medio después, sigo creyendo que, si no sale, es porque no tiene a dónde ir. Aunque a estas alturas, esto último comienza a volverse trivial.
Anécdota. Él dijo que sólo saldría de su encierro de jubilado-escritor para defender a la Presidenta de un golpe de Estado, o de los zopilotes, buitres y halcones. Vacuidades retóricas ante una realidad simple: no hay parque, cine, librería, estadio, avión comercial o restaurante en el que pudiera aparecer sin aparatosos dispositivos oficiales que lo blinden de malos momentos.
Lo esencial está en otras cosas. Por ejemplo, en la caída en desgracia pública de tantos de los suyos, hoy convertidos en símbolos de oprobio; o en la contundencia con la que el gobierno de la presidenta Sheinbaum corrige la estrategia criminal de abandonar a los mexicanos en manos de los criminales; o en cómo el gobierno tiene que resistir los vientos embravecidos de Trump y los suyos, alimentados en gran medida por los excesos, torpezas y carencias del régimen de López Obrador.
En fin: año y medio sin poder salir de la finca.
