¿Vox populi, vox dei?
Las frecuentes fallas en la capacidad predictiva de las encuestas ahora con las elecciones en Argentina y los casi 12 puntos de diferencia a favor de Javier Milei me recuerdan la argumentación de los científicos sociales fundadores de la Economía Conductual, cuando ...
Las frecuentes fallas en la capacidad predictiva de las encuestas —ahora con las elecciones en Argentina y los casi 12 puntos de diferencia a favor de Javier Milei— me recuerdan la argumentación de los científicos sociales fundadores de la Economía Conductual, cuando desafiaron la premisa de la economía clásica: que las personas tomaban decisiones racionales, pues no atentarían contra su propio beneficio. Por el contrario, la experiencia histórica mostraba que, una y otra vez, la gallina de los huevos de oro era sacrificada por la ganancia inmediata causando la ruina mediata. Una y otra vez los tomadores de decisiones precipitaron la economía global al desastre, recuérdese la reciente crisis de 2008.
¿Por qué fallaron nuevamente las encuestas que 24 horas antes de la elección predecían un empate técnico entre Milei y Massa? Retomo la interesante hipótesis de Gabriel González Molina en su libro Switchers, S2, recientemente publicitado en una entrevista con Ciro Gómez Leyva. Porque los encuestadores y estrategas electorales se concentran en la oferta —para hablar en términos de mercadotecnia electoral—, en el perfil de los candidatos y sus propuestas y no en el lado de la demanda, es decir, las necesidades, anhelos y emociones de los electores.
Un ejemplo de ello, me parece, es que el desastroso desempeño de Milei en el último debate presidencial no tuvo el menor impacto en el electorado. Quizá al contrario. Al elector argentino no pareció importarle el ridículo de Milei o que se corroborara que ha sido acusado de plagio varias veces o que Massa hubiera presentado ideas más estructuradas. Lo único que le importaba era experimentar algo diferente a las opciones por las que había votado. Por años y años. Con una inflación de 148%, décadas de inestabilidad y crisis recurrentes, el elector votó con las entrañas. Nótese que es la primera vez que en una elección democrática no gana un peronista o un candidato de la Unión Cívica Radical. No es el primer ejemplo en el que, por desesperación o hartazgo, una elección resulta en algo peor que lo que se quería remediar. No puedo quitarme el recuerdo del bolsonarismo en Brasil. Y el perfil de Milei es de un ultraderechismo libertario asustador. Pero hay que esperar para saber cuáles contrapesos tendrá y qué alianzas se fraguarán.
Para la elección de México, que hoy lunes da el banderazo a las precampañas, el análisis de González Molina es sumamente pertinente. En primer lugar propone una respuesta a la pregunta sobre la resiliente popularidad del Presidente y su posible impacto en la elección. El autor distingue entre la popularidad y la intención de voto. Si bien la popularidad ronda en el 62%, la intención de voto proAMLO (y, por ende, proMorena) es de 42 por ciento. Y 38% para el Frente Amplio por México. Para ello elabora una ingeniosa herramienta que le permite escudriñar tanto el voto duro como el voto de aquellos que exploran las principales candidaturas. Otros encuestadores que han fracasado cuando toman al pie de la letra la opinión del encuestado desarrollan preguntas cualitativas, por ejemplo, su opinión sobre el desempeño del gobierno, para ponderar la respuesta a la pregunta “si hoy fuera la elección por quién votaría”. González Molina llega a la conclusión de que un 21% representa el voto ultraduro a favor del Presidente. “Esto significa menos de la mitad de la proporción de leales que poseía en marzo de 2019, su punto más alto de popularidad y lealtad”. Otro 21% simpatiza con el Presidente, pero podría cambiar. De ahí sale el 42% que el autor considera el techo de Morena. “Alejados del presidente López Obrador, representan actualmente un 35% del total”. Y 23% los electores claramente antiAMLO (inclúyanme ahí).
Así los “switchers” o personas que podrían cambiar de opinión, más los antiAMLO sumarían 58%, lo que sería el techo de la oposición, siempre y cuando logre una campaña que parta, sobre todo, de las demandas de los electores y de la participación electoral. Una baja participación beneficia a Morena; una participación que ronde el 65% beneficia al Frente Amplio. Las demandas de los electores no se refieren al programa de gobierno, aunque éste puede ayudar, sino a interpretar el sentir profundo de la ciudadanía. Por cierto, una ciudadanía que de ninguna manera es homogénea.
Lo que nos dicen otros estudios de lo que quiere la ciudadanía es que pocos concuerdan con el antiaspiracionismo del Presidente. Los y las mexicanas quieren progresar y antes que bienes personales para ellos, aspiran a una mejor experiencia de vida para sus hijos e hijas. Mejor educación, mejor salud, más y mejores oportunidades de empleo, más posibilidades de emprender una empresa propia. Recuperar la movilidad social que alguna vez garantizó la educación universitaria. Poderse quedar en México y no tener que emigrar a EU. Exactamente lo que representa el ejemplo de vida de Xóchitl Gálvez. En todo ello baso mi optimismo.
