El libro de las barbaridades consentidas

Julio Scherer Ibarra termina el epílogo de su libro Ni venganza ni perdón afirmando que no está arrepentido porque acompañó lealmente a un hombre que, con sus defectos y cualidades, quiso cambiar a México. Como si el deseo de cambiar a México tuviera un mérito intrínseco. En resumen, según JSI, todo —que fue defenestrado al tercer año, que se le calumnió, que se le persiguió, etcétera,— valió la pena por estar junto a este cruzado que odiaba la violencia, aunque, como se infiere del escrito, su héroe estaba lleno de odio y resentimiento.

 Es probable que el mérito del libro esté fuera de sus páginas y represente otra señal del intento de la presidenta Sheinbaum de poner distancia entre ella y el desastre que heredó y ayudó a construir. Porque señales las hay: la salida de Adán Augusto, la remoción de Marx Arriaga, además de los cambios en el abordaje a la seguridad. Difícil creer que no fue consultada y que no fue avisado el Lear de Palenque. No se vaya a enojar el señor y alborote  —más— a las tribus que votaron por ella por ser la elección de él. De ahí la disculpa oportuna que sigue a cada descripción de algún error mayúsculo del expresidente. Y el ensalzamiento a la amistad y la lealtad no exactamente a México, sino al personaje que puso al autor en la oficina vecina a la del presidente de la República.

Es muy conocido el lema aquel de “en política hay que aprender a tragar sapos” en referencia a tener que hacer o alguna o muchas cosas en las que no se está de acuerdo, si se quiere avanzar en la carrera política. Pero en este caso no fueron sapos sino hipopótamos. Errores garrafales que construyeron la tragedia que hoy vive nuestro país, especialmente —pero no sólo ahí— en materia de salud y en seguridad. Me pregunto cuál hubiera sido el tono del libro de Scherer si una de las 29 víctimas fatales del sarampión hubiera sido, por ejemplo, una nietecita suya. El ejecutor del desastre en salud fue el Doctor Muerte, Hugo López-Gatell, pero los coautores fueron todos aquellos que voltearon cómodamente para otro lado.

El autor principal de la pérdida de soberanía energética de nuestro país es el expresidente López Obrador y, el ejecutor, el exdirector de la CFE, Manuel Bartlett, como bien lo describe Scherer. La falta de infraestructura energética suficiente en cantidad y calidad para las necesidades de una economía moderna es resultado de las decisiones de ese par, comprometido con un modelo estatista con el que también simpatizaba la entonces jefa de Gobierno de la CDMX. El gobierno se enfrenta hoy a una de las principales limitantes al crecimiento económico: la falta de energía y la desconfianza de los inversionistas. Los corresponsables: todas y todos los legisladores que levantaron la mano para su contrarreforma energética y todos quienes prefirieron tragar hipopótamos que perder oportunidades de ascenso político.

El ejemplo más estremecedor que ratifica el libro es el del contubernio con el crimen organizado y con quienes armaron el esquema del huachicol fiscal para, entre otras cosas, financiar las campañas de Morena. Se escandalizan por la adición del nombre de Jesús Ramírez como el Goebbels que facilitó el esquema y “curaba” la información que recibía el Presidente. En realidad, todos los y las integrantes de los círculos políticos más altos sabían y eran cómplices. ¿Más de dos mil espectaculares esparcidos por todo el país favoreciendo la candidatura de la actual Presidenta y nadie sabe cómo se financió?

El libro está plagado de barbaridades que fueron consentidas, aprobadas e impulsadas por quienes hoy en el gobierno se quejan de sus consecuencias. Les quiero recordar: son coautores no víctimas. Hay pocos ejemplos de la decisión de no participar en las causas de la tragedia actual. Uno de ellos en forma preventiva: Santiago Levy, que no aceptó el nombramiento de secretario de Hacienda. Y después Carlos Urzúa (QEPD), quien duró ocho meses como titular de Hacienda.

Lo que realmente resulta inquietante es lo que sucede con las personas, con su carácter, con su mente, con aquello que muchos llaman alma, cuando sistemáticamente actúan contra sus convicciones, tragan sapos e hipopótamos con tal de “llegar”. ¿Las convicciones se van difuminando o van cambiando? ¿El intento por resistir cede a la justificación: “es por el proyecto”? ¿Llegan intactos después de haber consentido la tragedia del covid con el campeonato del país con el mayor número de trabajadores del la salud fallecidos? ¿Llegan convencidos de que “yo no fui” con la destrucción causada por el Tren Maya, la contaminación de cenotes, la destrucción de manglares con Dos Bocas? ¿Se sienten ajenos a los más de 200 mil desaparecidos, a la tragedia sinaloense? ¿Escribir un libro les curará la cruda? No lo sé, mejor resistir, creo yo.

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