La Vicky y mi liberación
La cultura en la que creció mi generación, la de la posguerra, es una de contrastes. No existían referencias cotidianas y potentes para normar una conducta fuera de los cánones familiares.
La celebración del Día Nacional contra la Homofobia me hizo recordar el camino que recorrí no para aceptar, no para tolerar sino para recibir y buscar con regocijo y afecto la amistad de personas de la comunidad LGBTTTI+, compartir sus luchas y celebrar sus triunfos. Ese mismo camino lo han recorrido cientos, quizá miles de millones de personas en una de las transformaciones culturales más significativas de los últimos tiempos.
Una evolución épica porque lo “natural” no es la aceptación de la diferencia y menos la del otro diferente. ¿Por qué habría de serlo? En un extraordinario libro de Umberto Eco, Las migraciones: lo tolerable y lo intolerable (1994), advierte que las raíces de la intolerancia las compartimos con nuestros congéneres mamíferos: la delimitación del territorio como lo propio y lo que no se comparte, lo que marca la diferencia entre el “ellos” y el “nosotros”, acentuada desde la invención de la agricultura y con ella el advenimiento del sedentarismo. En contraposición, la idea de una humanidad unida y hermanada, germinada en el Renacimiento y cristalizada en la Ilustración y el Romanticismo, corazón del poema de Schiller, Oda a la Alegría, inmortalizado en la Novena Sinfonía de Beethoven, es una utopía basada en la premisa enarbolada por la Revolución Francesa, del ser humano como ser neutro, igual, abstracto, que se reconoce con júbilo y generosidad en los demás. Acercando la lupa a esos seres iguales y abstractos de la Ilustración resulta que todos eran hombres y heterosexuales.
Formamos nuestra visión del mundo básicamente a partir de la experiencia : cómo son nuestros padres, qué tan heterogénea es la pequeña sociedad con la que convivimos diariamente en la familia ampliada, en la escuela, en la calle donde jugamos. ¿Todos blancos, todos morenos, todos hombres muy hombres y mujeres obedientes y sometidas, temerosas del “señor”? ¿Todas parejas hombre y mujer? ¿Mujeres luchonas pero solas? Y la experiencia que se va grabando, casi en piedra, en el corazón y la mente de los y las jóvenes es que “así debe ser”, así es el mundo y todo lo que se aparte de esa norma está mal.
La cultura en la que creció mi generación, la de la posguerra, es una de contrastes. El machismo mexicano contra las mujeres y contra los y las homosexuales. En ninguno de los dos casos había referencias cotidianas y potentes para normar una conducta fuera de los cánones familiares. Algunas para el caso de las mujeres tan frecuentemente abandonadas con su prole y siempre ingeniosas para sacarla adelante. Pero en el caso de los “diferentes” sexualmente hablando: sólo el protagonismo en los chistes más hirientes, los adjetivos de “mariquita”, “joto”, “marimacha”, “mano caída”, “amanerados”. Ninguna referencia externa de su justo lugar en el mundo. ¿Y el contraste que fue resquebrajando las convicciones de que “ellos” estaban mal? Gracias a la naciente facilidad de viajar, la experiencia personal del gran arte universal producido por artistas homosexuales : Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Oscar Wilde. Algo no cuadraba. También la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los juicios de Núremberg, de Eichmann, la abundante literatura sobre la experiencia en los campos de concentración, donde decenas de miles de homosexuales perdieron la vida y de donde por exclusión se concluía que era inhumano clasificar a los seres humanos en “ellos” y “nosotros”.
Lo más trágico es que la internalización de que el homosexualismo era una “desviación” anormal y voluntaria de la conducta humana afectaba también a los y las homosexuales, transgénero o intersexuales. De ahí el inmenso sufrimiento que llevó al suicidio, a la depresión, a la vida doble, al clóset, a los matrimonios fingidos, a la cárcel, a las crueles “terapias de conversión”. Hasta que el activismo heroico de los gays de finales de los años 60, los liberó y nos fue liberando a nosotros también: de los prejuicios, del desconocimiento y el miedo a la diversidad humana, del ghetto en que sólo admitíamos a los parecidos a nosotros. Escalón por escalón fueron ganando batallas por el derecho a vivir libres y a pleno sol. Y en cada uno de esos logros, avanzábamos nosotros también. Gracias amigos y amigas gays, gracias por ensanchar nuestro mundo, por quitar telarañas y derribar barreras, gracias por mostrar las infinitas caras del amor. Gracias, a ti Vicky, Víctor, que con sencillez y generosidad me dijiste en alguna de mis campañas : “así soy desde chiquito” y me diste la llave para aprender.
