Caleidoscopio
Si yo digo “Claudia llegó gracias a López Obrador”, ¿ejerzo violencia política de género? ¿O digo una verdad de a kilo con la que muy probablemente la presidenta coincidiría? ¿Se trata de una afirmación sesgada que sólo aplica a mujeres? Comparemos: si Marcelo ...
Si yo digo “Claudia llegó gracias a López Obrador”, ¿ejerzo violencia política de género? ¿O digo una verdad de a kilo con la que muy probablemente la presidenta coincidiría? ¿Se trata de una afirmación sesgada que sólo aplica a mujeres? Comparemos: si Marcelo Ebrard hubiera llegado a la Presidencia, hubiera podido afirmarse algo semejante: “Marcelo llegó gracias a López Obrador” ¿y hubiera eso constituido violencia política de género porque no reconocía los méritos del polifacético excanciller? En realidad, cualquiera que hubiera sido el candidato o candidata presidencial de Morena en la campaña de 2024 hubiera ganado gracias a López Obrador.
La metida de pata monumental de la diputada Diana Karina Barreras, mejor conocida como Dato Protegido, a quien Morena dio la candidatura a diputada federal por el distrito 3 de Hermosillo, después de quitársela a Óscar del Valle Colosio, tiene el mérito de permitirnos reflexionar sobre qué es y qué no es la violencia de género y despejar de telarañas y mitos el tema.
Primero, hay que aclarar que nadie tiene una mira neutra. Miramos a hombres y a mujeres con los filtros de nuestra historia, nuestros prejuicios, nuestros aprendizajes. No es, en sí, un asunto que afecte a hombres y mujeres en una sola dirección, por ejemplo, hombres contra mujeres. En la política, se trata, más bien, de cómo se ejerce el poder. El que una mujer llegue a un puesto de importancia gracias a la decisión de un patriarca no es un fenómeno que afecte exclusivamente a las mujeres. Decenas, si no centenas, de hombres llegaron a diputaciones federales, senadurías y hasta gubernaturas vía la decisión de mujeres poderosas y caciquiles. Pero en general esos casos son excepcionales. Hoy día, los partidos —todos— están controlados mayoritariamente por hombres y si no fuera por figuras legales obligatorias como la paridad y la paridad en todo, los patriarcas partidarios cerrarían el paso a las mujeres, especialmente a las talentosas y con vocación de mando. Las mujeres de Morena son víctimas del culto a la figura del líder supremo que ellas mismas contribuyeron a construir y que ahora las aplasta y tiene maniatada a su Presidenta.
No permitamos que la verdad sea prisionera de la corrección política, exacerbada hoy por el abuso de la figura de la violencia política en razón de género. Cuando digo “Claudia llegó gracias a López Obrador”, digo una verdad, pero no toda la verdad. Las palabras son caleidoscópicas, cambian de valor, tono, intención, significado y mensaje dependiendo del contexto. Una frase más completa sería: “Claudia llegó gracias a López Obrador, por los méritos, inteligencia y cualidades que, a ojos de él, la harían la mejor candidata y la mejor guardiana de su legado”. ¿A cuántas pruebas la habrá sometido? ¿De cuántas habrá salido airosa probando su lealtad y de cuántas otras la tuvo que salvar como en la tragedia de la Línea 12 y en la derrota electoral de 2021? ¿A cuánto habrá tenido que renunciar para demostrar su lealtad al proyecto? Ser secretaria de Medio Ambiente y saturar de cemento la Ciudad de México con el Segundo Piso, un inductor de tráfico. Acompañar en 2021 a López Obrador en la farsa de la celebración de los 700 años de la fundación de Tenochtitlan sabiendo que la verdadera fecha fue 1525 y no 1521. Implementar localmente una política contra el covid opuesta a la implementada por López-Gatell y ahora crearle un puesto en Ginebra. Callar y voltear ante otro lado mientras Elena Álvarez-Buylla ejercía su labor de destrucción de la ciencia en México y perseguía penalmente a científicos y científicas de excelencia. A ojos de la Presidenta, todo esto valió la pena. ¿Valió la pena?
¿Dónde hay más violencia política en razón de género? ¿En las palabras —“llegó gracias a un hombre”— o en la orden de Pakal de proceder con la reforma al Poder Judicial en septiembre de 2024 pese a que ella, como Presidenta electa, había afirmado que la haría hasta febrero? ¿O en la brutal humillación de dar a conocer su juego con una iniciativa que prohibía la reelección para las elecciones de 2027, lo que le permitiría tener legisladores suyos y ver cómo, con un artículo transitorio, se posponía la no reelección hasta 2030? Durante todo el sexenio, Claudia no tendrá una mayoría en la Cámara de Diputados.
No basta con favorecer la candidatura de una mujer e incluso asegurar su llegada a la Presidencia para que eso le merezca un sitio en el altar de un hombre a favor de la igualdad. Hay que dejarla gobernar, equivocarse, desviarse de la ruta impuesta, rebelarse, en fin, cumplir con una agenda propia, por modesta que ésta sea. Como dice la canción, let her be.
