Pedagogía invisible

Los niños de las clases bajas aprenden a seguir instrucciones, a acatar reglas implícitas, a ser disciplinados. Los de las clases poseedoras, por el contrario, reproducen atributos de independencia de criterio, iniciativa personal y capacidades óptimas para descollar en la sociedad, aunque su desempeño escolar sea mediocre.

La semana pasada, razoné acerca de la pedagogía visible en los términos que acuñó Basil Bernstein en Clases, códigos y control, que Ediciones Akal publicó en español. Esa práctica escolar evidente se refiere al currículo expreso, al conocimiento oficial que se formula en planes y programas de estudio y libros de texto. Mas, de acuerdo con este autor, el sistema escolar trasluce la distribución del poder y los principios de control social, aunque no estén explícitos en el currículo.

El argumento de Bernstein representó una innovación en la sociología de la educación. Observó que la escuela es antes que nada una estructura de transmisión cultural. Y ese traspaso se lleva a cabo más por efectos de la pedagogía invisible que por lo que manifiestan los textos. Bourdieu y Passeron, aunque no reconocieron por completo su deuda con Bernstein, reconceptualizaron el fenómeno como violencia simbólica y otros como currículo oculto.

No obstante, a pesar de la mudanza en los conceptos, la idea sustancial es la misma. Los niños aprenden en la escuela lo que acarrean de sus hogares y posición de clase social, que se refuerza tanto por el diseño del aula (rectangular) y la función del profesor, cuya misión principal no se circunscribe a enseñar, sino a controlar. No por medio de códigos explícitos, sino contenidos en su hacer didáctico.

Destaca la disciplina en el grupo. El maestro manda, los alumnos obedecen, el docente puede desplazarse en el salón, los niños permanecen sentados, el instructor decide las tareas, los estudiantes las ejecutan, el profesor evalúa lo que supone aprendieron los discípulos y otorga una calificación que clasifica y asigna las posiciones del alumnado en la sala de enseñanza.

Esa distribución no es homogénea. Los niños de las clases bajas aprenden a seguir instrucciones, a acatar reglas implícitas, a ser disciplinados. Los de las clases poseedoras, por el contrario, reproducen atributos de independencia de criterio, iniciativa personal y capacidades óptimas para descollar en la sociedad, aunque su desempeño escolar sea mediocre.

Bernstein cuidó de no exagerar el determinismo de clase social, pero convenció sobre el valor de los códigos (o principios reguladores de las conductas) encubiertos y cómo las faenas de los docentes, aunque no se lo propongan de manera consciente, reproducen la cultura dominante, si bien no pertenecen a las clases poseedoras.

Sería fácil apuntar que en México esa división de códigos se manifiesta más en la división de la escuela en pública y privada, pero el asunto es más complejo. El currículo oficial es el mismo para ambos sectores y las actividades en las aulas no son muy diferentes, excepto en proyectos innovadores, como en las escuelas Montessori.

Hace una semana argumenté que, además de la oposición por medios jurídicos, ante el nuevo plan de estudio y libros de texto, la pedagogía invisible es otro obstáculo. Esta se manifiesta más que nada en la tradición magisterial, en las formas de hacer las cosas, en lo que aprendieron en las normales y en su práctica cotidiana.

Un ejemplo diáfano de esa postura se dio la semana pasada. La Jornada en línea (28/V/2023) informó: “Al concluir el Encuentro de Análisis sobre ‘Aportes de Relación Tutora a la Transformación Actual’, realizado los pasados 22 y 23 de mayo en Colima, destacaron que ‘sólo queremos que nos dejen hacer lo que ya sabemos que funciona para generar un verdadero cambio en los alumnos y la comunidad escolar’”.

Pienso que al gobierno de la 4T no lo pararán los mandatos judiciales, pero sí la persistencia cultural del magisterio. Ni los nuevos libros de texto ni el enfoque comunitarista desplazarán a la pedagogía invisible.

RETAZOS

Bernstein: “La batalla por el currículo es política, pero fundamentalmente moral”.

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