A partir del 8 de septiembre, cuando la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos dio a conocer los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes 2025, el asunto escaló a la prensa, a los medios y a las redes sociales. Hubo (hay) debates sobre el valor de PISA y su utilidad para México. Bastante tinta corrió. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo se hizo cargo del asunto en las mañaneras. Desconoció la utilidad de la prueba porque se aplican los mismos instrumentos de medición a países con características y condiciones educativas distintas.
No obstante, lo que PISA mide es la capacidad de los jóvenes de 15 años para resolver problemas de la vida cotidiana mediante el uso de matemáticas, comprensión lectora y ciencias. La estrategia discursiva de la presidenta Sheinbaum consistió en negar que PISA ofrezca evidencia de un deterioro progresivo de la educación mexicana. Reconoció la caída en matemáticas, pero la situó dentro de una tendencia internacional; relativizó la caída en lectura y, en contraste, presentó el raquítico avance de cuatro puntos en ciencias como evidencia favorable de la Nueva Escuela Mexicana. Sin embargo, todo está muy por debajo de los promedios internacionales. Pero —y parece una paradoja— los datos muestran que ocho de cada 10 estudiantes en México, sienten curiosidad por aprender cosas nuevas y más de ocho de cada 10 rechazan la idea de que la escuela sea pérdida de tiempo.
Lo que me interesa destacar es que la Presidenta puso énfasis en un video de Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la OCDE, que contenía un reconocimiento a México: el compromiso de los maestros, la curiosidad y la persistencia de los estudiantes, la ampliación de las oportunidades educativas y la resiliencia del sistema educativo. La Presidenta encontró en ese mensaje un motivo para destacar la resiliencia del sistema educativo mexicano: maestros comprometidos, estudiantes curiosos y perseverantes y una mayor incorporación de jóvenes a la escuela. Todo eso merece reconocimiento.
Sin embargo, la resiliencia no puede sustituir al aprendizaje. Un sistema educativo puede resistir una crisis, mantener relativamente estables algunos resultados e incorporar a más estudiantes y al mismo tiempo, producir aprendizajes insuficientes. Como sucede con el sistema escolar mexicano, según las pruebas PISA y, antes, las pruebas nacionales como ESCALE y PLANEA. Cierto, el deterioro no comenzó con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, pero sí lo aceleró.
Dudo mucho que si PISA también midiera cuestiones de la idiosincrasia nacional y elaborara pruebas específicas para México, los resultados fuesen mejores. La Presidenta seguiría negándoles valor probatorio. No reconoce (ni reconocería) que muchas cosas no funcionan bien en la educación mexicana.
Si tenemos docentes comprometidos, estudiantes curiosos y perseverantes, y un sistema capaz de ampliar el acceso educativo, ¿qué impide que esas condiciones se traduzcan en mejores resultados en lectura, matemáticas y ciencias? Quizá los docentes puedan hacer actividades interesantes para apoyar a los estudiantes que desean aprender cosas nuevas. Pero tendrá que ser por iniciativa propia. Al gobierno no le interesa que los estudiantes aprendan. Le basta con que pasen al año siguiente.
