El fin de la escuela es una película que retrata, a veces con humor, el desastre de la educación mexicana, la ineficacia de la burocracia, la inequidad reinante y las promesas de mejora que hace cada nuevo gobierno, pero vamos para atrás. Es una película sin género definido; es documental y ofrece cifras, datos históricos y entrevistas a académicos, docentes y activistas de organizaciones civiles. Pero también es una película de metaficción, con actrices profesionales e infantes que interpretan a los alumnos de un salón de clases de una escuela que puede ser de cualquier lugar, excepto de una colonia de clase media alta.
No haré una reseña cinematográfica; no es mi territorio. Me concentraré en el contenido y en su valor como denuncia. El productor, Juan Alfonso Mejía, quien fue secretario de Educación Pública en Sinaloa, es el narrador y entrevistador; dispone de un argumento nostálgico y de su devoción por la maestra que lo encaminó en su infancia y le permitió terminar la escuela. El riesgo con esa trama es que se pueda pensar que idealiza el pasado, como si todo hubiera sido bueno hasta, digamos, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari.
Cierto, pudiera evidenciarse que la escuela de los años medios del siglo XXI cumplía con su tarea: era de tiempo completo. En las mañanas, la visión autoritaria: la maestra al frente, dictando y preguntando; el alumnado sentado en los mesabancos, tomando notas y respondiendo. Había que memorizar lo fundamental; en tercero de primaria, en matemáticas, podían hacer divisiones y trabajar con fracciones. Aquel o aquella que no cantaba las tablas de multiplicar era la burla del grupo. Al concluir el sexto año, los alumnos podían leer de corrido párrafos y ofrecer opiniones sobre lo repasado. Eso sucedía en las escuelas urbanas; había pocos planteles rurales, aunque idealizados. El resultado es que, aunque fuera de memoria, había aprendizajes.
Por las mañanas se ejercía la microfísica del poder (como diría Michel Foucault), pero por la tarde, los alumnos en las escuelas de varones y las alumnas en las de niñas convivían, jugaban y practicaban artes y deportes. Esa convivencia humanizaba las relaciones escolares, fortalecía el valor de la concordia y de las emociones positivas.
La burocracia se empoderó y, como evidencian los entrevistados, la escuela se vino abajo. La inequidad creció; aunque la matrícula aumentó, también lo hizo el abandono escolar. La parte más importante, la calidad o el aprendizaje del alumnado, se desplomó, aun antes de que PISA dominara el ámbito internacional. El inventario de fallas es interminable. Elevó al cuadrado lo que, a comienzos de los años 90, Gilberto Guevara Niebla denominó La catástrofe silenciosa. Hoy es una hecatombe ruidosa, agravada durante los años de gobierno de Morena, aunque, en la visión de los protagonistas, no se escapa ningún gobierno.
El fin de la escuela cuestiona la finalidad de la educación en el siglo XXI; afirma que es falso el supuesto de que cursar una carrera asegure una mejora en la calidad de vida. Documenta la tasa de deserción escolar, la disparidad social, el control que ejercen los líderes sindicales sobre la trayectoria profesional de los docentes y el impacto de la violencia en la vida escolar en México. Describe escenarios en Culiacán, Reynosa y Uruapan, aunque la violencia del crimen azota a todo el país.
La película presenta una versión de la historia de la educación en México. Tiene dos héroes: José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet. Aquí señalo un error. En efecto, Torres Bodet fue el impulsor de los libros de texto gratuitos y forjó el Plan de Once Años, pero en 1960, no en 1945.
Una bella película, recomendable al 100%. Tiene un giro que explica el título. El fin de la escuela no se refiere al final, a la terminación, sino al propósito, al ideal de una buena educación que no sólo el gobierno, sino también cada ciudadano tiene la responsabilidad de construir, empezando por la educación de la primera infancia. ¡Una edutopía!
RETAZOS
El fin de la escuela, película mexicana, de 2026. Director: Carlos Armella. Creador y productor: Juan Alfonso Mejía. Patrocinada por el Centro Mexicano para la Filantropía.
