El poder (blando) de PISA
• En tiempos de la Cuarta Transformación, México seguirá en PISA, es un país miembro de la OCDE.
El diccionario de la Real Academia Española define maniqueísmo, en su segunda acepción, como la tendencia a reducir la realidad a una oposición radical entre lo bueno y lo malo. En cierta medida estamos acostumbrados a ver a la política y a los actores políticos en esa perspectiva, lo mismo que a programas del gobierno o de organismos internacionales.
Por ejemplo, casi siempre se toma partido en favor o en contra del Programa Internacional de Evaluación de los Estudiantes (PISA). Unos le ven lo valioso, otros lo maligno, conozco pocos análisis equilibrados. Esta disparidad tal vez se deba a que ponemos mucha atención a los rankings y poca a la información adyacente.
PISA tiene un poder que seduce a personas con mentalidad tecnocrática o a quienes les fascina trabajar con números. Pero, en el otro extremo, autores radicales estiman que PISA —en general todas las evaluaciones estandarizadas— son herramientas de grupos dominantes a escala global para gobernar por números. Ambas posturas sostienen que PISA y la OCDE disfrutan de un poder enorme.
Una posición intermedia, quizá no tan equilibrada pero sí con cierta distancia de posiciones maniqueas, arguye que PISA, en efecto, es la expresión de un poder, pero un poder blando.
La definición más sencilla de poder blando (soft power) lo postula como una lógica que, a diferencia del poder a secas, estriba en la voluntad de actores políticos para ejercer recomendaciones e información generada por otros poderes. Varios autores se refieren de esa manera a la influencia que tienen organismos intergubernamentales como la Unesco, el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos de “sugerir” políticas educativas. El poder blando se basa en la retórica —el arte de la persuasión— no en la imposición. La persuasión nunca es un proceso unidireccional, sino que depende de las habilidades de los retóricos y de la respuesta de su auditorio.
Hace unas semanas surgió un debate que murió pronto porque alguien de la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación refirió que México ya no participaría en PISA 2021. Acaso ese era su deseo, pero ya se había firmado el contrato.
En tiempos de la Cuarta Transformación, México seguirá en PISA, es un país miembro de la OCDE, pero lo hará de mala gana y, sospecho, al no seguir los lineamientos al pie de la letra, la información no será confiable, al menos no para quienes se dejan seducir por su retórica.
No soy fanático de PISA, tampoco su defensor apasionado. Me tomo en serio ciertos de sus hallazgos y, como educador que soy, me preocupan. No sugiero que México deba seguir las recetas de la OCDE, pero sí poner atención a las notas que explican por qué estamos tan mal en la educación.
Nuestros estudiantes leen poco y escriben mal. Tenemos que remediar este asunto, no porque PISA lo indique o la retórica de la OCDE lo dicte. Es un asunto de supervivencia de la nación. ¡Ya hablaré de ello en otra pieza!
