Becas, aprendizaje y evaluación

Mario Delgado Carrillo, secretario de Educación Pública, le encanta hacer anuncios. Ayer, martes 21, apareció el Boletín SEP 144 de este año. Es una de las pocas veces en sus presentaciones públicas en que no habla de becas. Con ayuda de Anthropic Claude (inteligencia artificial), encontré que los mensajes sobre becas aparecen en la gran mayoría de los boletines (70-80%+), con decenas dedicados sólo a ese tema. En contraste, en cero o casi cero comunicados se encuentra la expresión “evaluación del aprendizaje”; dato revelador sobre las prioridades del gobierno. El énfasis en la comunicación pública de la SEP está en becas, infraestructura, salud escolar y cobertura, y también en situar en la plaza pública la voz e imagen del secretario. No en evaluación de resultados.

Las Becas para el Bienestar (Rita Cetina, Benito Juárez, Jóvenes Escribiendo el Futuro) son la prioridad número uno de la SEP durante los gobiernos de la Cuatroté. Un distintivo de estos programas es que transfieren dinero a todos los estudiantes inscritos, sean pobres y vivan en regiones apartadas o de clase media urbana; los de las clases altas van a escuelas privadas. Estas transferencias de dinero son a cambio de nada; con estar inscritos basta. Si uno se apoya en las enseñanzas de Amartya Sen (La idea de la justicia), la entrega de beneficios a toda la población, sin discriminar a quien los necesite de quien no, es una inmoralidad; agranda la inequidad. Asunto que va en contra de la oratoria de la Cuatroté, del llamado humanismo mexicano. Los programas de becas son, en esencia, instrumentos de reclutamiento de fieles; no mejoran la educación ni influyen en el aprendizaje de los alumnos.

En los boletines de la SEP, los términos aprendizaje o aprender, aparecen de un tercio a la mitad, en especial, vinculados a la Nueva Escuela Mexicana, los Consejos Técnicos Escolares y programas de formación continua. Pero no hay un concepto didáctico que explique cómo los alumnos van a aprender lo fundamental: leer, escribir, contar. Mario Delgado habla de aprendizajes en sentido general (logros, experiencias, comunidades), pero no sobre las materias sustantivas. Menos todavía como objeto de evaluación sistemática ni como política de rendición de cuentas a la ciudadanía.

Tiene sentido no hablar de ese asunto. El modelo pedagógico que impulsa el gobierno, critica el enfoque de evaluación estandarizada del aprendizaje, peritaje que caracterizó reformas anteriores, como PISA y los estudios del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación. Lo que sí se menciona en documentos técnicos de la SEP, es la evaluación formativa y colaborativa que, según la oratoria y algunas directrices, se centra en el desarrollo integral, alejándose de la evaluación que la Cuatroté considera punitiva. El secretario Delgado también pregona en el discurso, la autonomía profesional docente, prioriza la eliminación de la carga administrativa y busca transformar los Consejos Técnicos Escolares en Comunidades de Aprendizaje para el diálogo. Pero no hay manera de saber qué es lo que los estudiantes aprenden.

Hay, sin embargo, un tipo de evaluación que tiene que ver con la salud; le llama valoración y, hay que reconocerlo, es un activo de este gobierno. En la mañanera de ayer, Mario Delgado Carrillo informó que, a poco más de un año de la apertura de la Estrategia Vive Saludable, Vive Feliz, se ha valorado el peso, la talla, la salud visual y bucal de 9 millones 882 mil 984 niñas y niños de nivel primaria.

Lo que revelan los boletines de la SEP es elocuente: un gobierno que comunica sus programas de transferencias económicas y la salud física de los niños, pero que guarda silencio lo que aprenden. Pienso que no es un olvido involuntario. Emprende un modelo educativo que privilegia la lealtad porque preguntar si los estudiantes mexicanos saben leer, escribir o contar, resulta inconveniente. La salud de casi diez millones de niños, por valiosa que sea, no sustituye la obligación de que también deben aprender.

Sin evaluación sistemática, la educación pública mexicana navega sin brújula —y sin que nadie dentro del gobierno sienta urgencia de encontrarla.