Se resquebraja la dictadura imperfecta

Corría el año de 1990. Bajo el contexto de un coloquio organizado por la revista Vuelta, el peruano y futuro Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, describió a México como la “dictadura perfecta”, por lo que fue invitado a salir del país. Cambiando de presidente cada seis años a través de elecciones amañadas, gobernando con mano de hierro, eliminando detractores en forma individual y colectiva —ya fuera vía exilio, desaparición, asesinatos o prisión—, simulando una democracia libre y funcional. Utilizando la máxima de los tiranos y Maquiavelo: “es mejor ser temido que ser amado”, el PRI hizo lo que quiso a manos llenas todo el siglo pasado.

Si algo nos enseña la historia es que sólo hay tres formas en que una dictadura caiga: la insurrección del pueblo, eventos extraordinarios geopolíticos (guerras regionales/desastres naturales) o, la más común, las divisiones internas. Una dictadura generalmente es ejercida por una sola persona o un petit comité que no permite cuestionamientos externos ni, sobre todo, internos. Putin, Ortega, los Castro, Díaz-Canel y los Kim son los ejemplos modernos. 

México ha vivido un presidencialismo totalitario la mayor parte de su historia independiente: el jefe del ejecutivo era visto como el líder todopoderoso que regía sobre las vidas y designios de los ciudadanos; esto requería una sumisión absoluta, en especial de los miembros del partido, sobre todo cuando el Presidente saliente elegía personalmente a los candidatos a gobernadores, diputados, senadores, jueces (tradición conocida como “el dedazo”) y se daba a conocer la identidad del sucesor, el “tapado” (inmortalizado por el gran Abel Quezada). Una vez que se conocía a los ungidos, los que no resultaban designados se cuadraban ante los afortunados, esperando ganarse sus favores y ser los elegidos en la siguiente oportunidad. Así funcionaba el sistema, y si se llegaba a ser cercano de uno de los futuros funcionarios, era sabido que a su gente “le iba a ir muy bien”; la corrupción era generalizada.

La caída del PRI se consumó en el año 2000, pero comenzó en los años 70, cuando algunos de sus miembros comenzaron a romper el statu quo: aquellos que no fueron elegidos  para cargos de importancia comenzaron a romper las estructuras de obediencia y sumisión. No lo hicieron para representar los derechos de los mexicanos, sino por intereses personales, rencores y resentimientos en contra de sus líderes que no pensaban en ellos como dignos herederos del linaje priísta. La ineptitud del gobierno ante el terremoto de 1985, la apertura al mundo con el TLCAN y el trabajo de valientes ciudadanos y organizaciones civiles, ayudaron a transformar a México en una verdadera democracia con alternancia real y el respeto al voto ciudadano.

Eventualmente, aquellos que dejaron al PRI por no tener el pedigree ni la preparación que requería el partido (necesarios para acceder al poder), como López Obrador, Ebrard, Monreal, Batres, Bartlett y Fernández Noroña, crearon un nuevo partido político: Morena. La democracia que tanto trabajo costó implementar en México permitió que llegaran al poder, misma que han procurado desmantelar desde el primer día de su gobierno, eliminando organismos autónomos, cambiando la constitución a su favor y brindándosela a su antojo ante la ineptitud y marasmo de la automermada oposición. La 4T no es otra cosa más que un seudónimo para la implementación de una copia del autoritarismo del PRI del siglo pasado, esa hoja de ruta anacrónica que tratan de imponer ahora bajo su caudillo AMLO. 

La Presidenta se encuentra en terreno pantanoso: con un inestable y amenazador Trump, la inseguridad que vivimos los mexicanos y la economía que pende de un hilo, serían suficientes para preocuparla. Pero hay una lucha interna en Morena entre quienes siguen pensando que López Obrador manda desde Palenque, los que le son leales al Poder Ejecutivo y los que sólo son leales a sí mismos. Los recientes “dedazos” para las elecciones del año entrante no dejaron contentos a las mayorías y no parece que todos se vayan a cuadrar. Comienza a resquebrajarse la “dictadura imperfecta”.

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