¿Qué le pasó a Estados Unidos?
Hoy, Estados Unidos es una sociedad dividida por extremismos políticos, religiosos e ideológicos, pero, sobre todo, por el egocentrismo y una necesidad de gratificación inmediata, privilegiando la influencia económica y social sobre los ideales —que crearon una gran nación—, aumentando las diferencias en lugar de los valores comunes que los unían
Es innegable la influencia global de Estados Unidos a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, a la cual fueron forzados a entrar después del ataque japonés a Pearl Harbor en 1941, a pesar de los ruegos de toda Europa que clamaba su ayuda tras la invasión nazi a Polonia en 1938. Esos tres años de renuencia del presidente Franklin Roosevelt costaron millones de vidas y permitieron a Hitler tomar la mayor parte del continente. Los americanos aprendieron su lección y se aprestaron a tomar el liderazgo mundial basados en tres factores cruciales: poder militar, económico y el sistema democrático, en el que los mismos ciudadanos escogen a su líder.
Bajo el discurso de “democracia, libertad y el sueño americano”, el Estados Unidos de la posguerra prefirió anticiparse a los hechos o, en su caso, provocarlos a través de un claro intervencionismo global para detener el avance de la influencia soviética y el comunismo en todo el mundo. Dividió el mundo en tres: el primer mundo, países con economías rampantes y oportunidades para sus ciudadanos; el segundo mundo, detrás de la cortina de hierro del sistema marxista, opresivo para sus ciudadanos y carentes de libertad, que enarbolaba la bandera de la igualdad entre todos sus ciudadanos (claro, excepto de sus líderes que gozaban de todas las prebendas de sus enemigos); y el tercer mundo, los países menos desarrollados en sus economías, educación y, la mayoría de ellos, con grandes recursos naturales que los convirtieron en los objetivos de los nuevos imperios del siglo XX. Este enfrentamiento desató la Guerra Fría desde finales de los años 50 hasta la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética a finales de los años 80, en donde la humanidad estuvo cerca varias veces de la hecatombe nuclear. Estados Unidos ganó esta guerra al mando de algunos de los líderes más importantes de su historia moderna: Eisenhower, Kennedy, Johnson, el infame Nixon, Ford, Carter, Reagan y Bush padre.
Durante todos esos años, la democracia, el imperio de la ley y las libertades civiles fueron los principales ideales propuestos por los norteamericanos para guiar su forma de vida y la mejor propaganda de su política a nivel mundial. La idea de que cualquier persona tenía lo oportunidad de alcanzar sus sueños a través de las oportunidades, igualdad y trabajo duro hizo que su país se convirtiera en el faro de esperanza que guió a millones en el mundo entero. La primera enmienda a su Constitución, aprobada en 1791, garantiza la libertad de expresión, de prensa, de religión, de libre asociación de individuos y de confrontar a su propio gobierno cuando los ciudadanos se sienten agraviados; ideas completamente innovadoras en un mundo de reyes, emperadores y demás poderes absolutistas.
La primera generación de norteamericanos que no tuvo que participar en ningún conflicto armado por primera vez en su historia fue encabezada por Bill Clinton y los subsecuentes presidentes: Bush hijo, Obama y Biden. Recordando la frase de Hopf: “Los tiempos difíciles crean hombres fuertes, los hombres fuertes crean buenos tiempos, los buenos tiempos crean hombres débiles y los hombres débiles crean tiempos difíciles”, Estados Unidos está entrando a la última parte, que ha acabado con la mayoría de los grandes imperios de la humanidad.
Hoy, Estados Unidos es una sociedad dividida por extremismos políticos, religiosos e ideológicos, pero, sobre todo, por el egocentrismo y una necesidad de gratificación inmediata, privilegiando la influencia económica y social sobre los ideales —que crearon una gran nación—, aumentando las diferencias en lugar de los valores comunes que los unían. Un país polarizado y harto de los políticos tradicionales, que privilegian los intereses partidistas antes que los intereses nacionales. Esto abrió la puerta al poder para que un convicto acosador sexual, culpable de fraudes, infiel a sus tres esposas y doblemente indiciado por el Congreso de su país, llegara a la presidencia: Donald J. Trump.
El republicano aprendió bien la lección de su primer mandato, rodeándose en el segundo de aduladores que celebran sus arrebatos y de ideólogos extremistas que han forjado las políticas xenófobas y racistas en contra de migrantes latinos, imponiendo aranceles para extorsionar a aliados y enemigos sin justificaciones más allá de sus caprichos y ego narcisista y solipsista, haciendo que su país pierda el liderazgo que tardó más de 70 años en construir. Sus ciudadanos ya están despertando: el índice de desaprobación de Trump está en 56 por ciento. El alma de Estados Unidos está en juego y, para bien o mal, el destino de la humanidad está supeditado al resultado.
