¿Para qué quieren gobernar? De liderazgo y otras cosas
En México pensamos que somos muy inteligentes e ingeniosos, sobre todo cuando nos brincamos leyes y reglas para alcanzar nuestros objetivos. Les aplaudimos a quienes burlan a la autoridad y se salen con la suya con base a la ley del menor esfuerzo, a mordidas y con amiguismos.No sabemos trabajar en equipo y despreciamos a quien quiere hacer las cosas legalmente...
Esta pregunta va para todos aquellos en un puesto político, pero también para todos aquellos que quieren acceder a una posición de liderazgo o de poder, ya sea político, económico, social, religioso o el que quiera imaginar. Desde la Presidencia del país, pasando por los principales puestos de empresas trasnacionales o paraestatales, de gobierno federal o municipal, hasta pequeñas empresas, colegios, universidades, alcaldías, juntas vecinales y cualquier organización que requiera una o varias personas que fijen el rumbo, la misión y la visión de las mismas, tomando los pasos necesarios para alcanzar las metas que se han fijado.
Normalmente pensamos en el liderazgo como algo loable, ético, digno de replicarse y admirarse; esto es cuando el objetivo es el bien común. Esos son líderes positivos: los que buscan el bien para su organización basados en las leyes, la ética, la preparación, el aprendizaje y el reconocimiento del aporte de los miembros. Privilegian la meritocracia, los procesos éticos que cumplen con las leyes y políticas internas, el trabajo en equipo; incluso es bienvenido el debate, el cruce de ideas, la crítica constructiva que reta el conocimiento establecido para dar paso a nuevos y mejores procesos, a la innovación y a la transparencia. El fracaso se transforma en experiencia, aprendizaje y mejoras.
Desafortunadamente, también existen los líderes negativos: aquellos que en su agenda prevalece la ganancia personal sobre la de la mayoría, utilizando cualquier recurso para alcanzar el poder. Sin ética ni moral, mienten, abusan, manipulan y engañan para llegar al poder y permanecer ahí, muchas veces dispuestos a perpetuarse en esa posición. Todos conocemos a un jefe, un maestro o director de escuela, un gerente en el trabajo que así lo hacen. Basta mirar a una oficina gubernamental para ver a los “caciques” de cada área o edificio, e incluso en lugares tan pedestres como una asociación de padres de familia o de condóminos, que buscan que sus deseos sean los únicos válidos para conseguir sus metas. Los éxitos se los apropia el “líder”, quien se encarga de despedir, eliminar o neutralizar a todos aquellos que le puedan hacer sombra, que sepan más que él o ella; si alguien se atreve a llevar la contra o cuestionar al jefecillo, correrá la misma suerte. Se rodean de aduladores y cumplen con sus designios, sin importar que vayan en contra de la misión y visión de la organización y que se rompan leyes y principios éticos esenciales de la misma (algo así como 90% lealtad, 10% capacidad). Tratan de que las cosas no cambien, a menos que sea en su propio beneficio; el fin último es alcanzar el poder por el poder mismo y en el proceso llenar sus bolsillos y su ego, sembrando una cultura de traición, impunidad, opacidad de procesos y corrupción. El fracaso (generalmente ocasionado por todo lo anterior) es achacado a un chivo expiatorio y nunca recaerá en el dirigente. Primero está el bienestar de esa persona y sus incondicionales sobre el beneficio de la organización y todo el equipo.
En México pensamos que somos muy inteligentes e ingeniosos, sobre todo cuando nos brincamos leyes y reglas para alcanzar nuestros objetivos. Les aplaudimos a los graciosos que burlan a la autoridad y se salen con la suya con base a la ley del menor esfuerzo, a mordidas y con amiguismos. No sabemos trabajar en equipo y despreciamos a quien quiere hacer las cosas legalmente y con los procesos adecuados. La ética es algo que prácticamente no existe en nuestro vocabulario, aun cuando es reconocido como uno de los activos más valiosos del ser humano y altamente valorado en las empresas más importantes del mundo.
Piense en nuestros gobernantes, en sus jefes, en sus “líderes”. Ahora piense sinceramente si usted haría lo mismo que ellos hacen o lo haría diferente, si el poder o el dinero lograrían que usted hiciera a un lado sus valores y su ética, o trataría de mejorar a todo el país y la situación de los mexicanos. El verdadero líder sirve a todos los demás, el líder negativo sólo se sirve a sí mismo y sus incondicionales. ¿Cuál sería usted? En su respuesta está el futuro del país, de usted mismo y de sus hijos.
