La hipocresía republicana
Misteriosamente, a lo largo de nuestra historia independiente, miles de funcionarios, burócratas, congresistas, jueces, líderes sindicales y políticos (con sus muy contadas, honrosas y valerosas excepciones), pasan a tener estilos de vida y recursos que no van de acuerdo a sus ingresos, independientemente de sus ideologías partidistas.
Un político pobre es un pobre político.
Carlos Hank González, maestro, gobernador y empresario.
Esta frase describe perfectamente al sistema político mexicano. En realidad, los salarios de los presidentes, miembros de los gabinetes federales y locales, gobernadores, directores de paraestatales y dependencias, presidentes municipales y demás servidores públicos de niveles directivos no son muy altos si los medimos con las responsabilidades que conllevan los puestos: desde la seguridad, salud pública, la administración de recursos, infraestructura y el simple hecho de gobernar a un municipio, estado o país. La remuneración es mucho menor de lo que el sector privado ofrece por responsabilidades equivalentes. Ya con los emolumentos que devengan los miembros de la Suprema Corte y el Congreso, sus integrantes pueden tener un estilo de vida desahogado, pero no para vivir como multimillonarios, con grandes mansiones, joyas, viajes trasatlánticos y demás prebendas para ellos y sus familias. ¡Dichosos ellos que viven en México!
Misteriosamente, a lo largo de nuestra historia independiente, miles de funcionarios, burócratas, congresistas, jueces, líderes sindicales y políticos (con sus muy contadas, honrosas y valerosas excepciones), pasan a tener estilos de vida y recursos que no van de acuerdo a sus ingresos, independientemente de sus ideologías partidistas. La ley es clara, la mayoría de ellos no pueden tener un segundo trabajo pues se consideraría un conflicto de intereses o que no le dedicarían el tiempo que requieren sus funciones. Pero en México, se da por descontado que quien sea elegido en alguno de estos puestos no volverá a sufrir penurias económicas y probablemente su riqueza se vuelva tan voluminosa que cubra a varias generaciones que lleven sus apellidos. El país es tan rico que esa milagrosa cobertura salpicará a los fieles seguidores, amigos, asistentes, y tapaderas de quienes son los beneficiarios primarios de la fortuna de vivir del erario: “Si escogen al jefe, me va a ir muy bien” es una frase recurrente de quienes fijaron sus lealtades en quien puede resultar ungido. “Señor: no me des, ponme donde hay” frase popularizada por el gran Germán Valdés, Tin Tan, se ha convertido en el mantra de miles de rémoras y sanguijuelas que rezan para que algunas migajas de las mesas de los grandes les caigan en su regazo.
Si usted ha entrado a una de las muchas propiedades de estos personajes, podrá darse cuenta que algo no concuerda entre los ingresos y los egresos. Entre más alto sea el estatus gubernamental y el tiempo que ha permanecido en el servicio público, mayores serán las bendiciones con las que contará esa persona. En teoría, todos los regalos recibidos por funcionarios públicos (incluidos presidentes, gobernadores y secretarios de estado) le pertenecen a todo el pueblo de México; en la práctica, sirven como decoración en sus hogares y oficinas y generalmente son generosos al contar las anécdotas de cómo llegaron a sus manos. Son sinvergüenzas profesionales.
Una vez que prueban las mieles de la riqueza (basadas en la corrupción legal y moral), muchos de ellos hacen su pequeño o gran negocio a costas de su posición y autoridad. Su emporio se puede expandir a sobornos, adjudicaciones directas, socios “fantasma” (que puede incluir al crimen organizado), licitadores, moches y exigencias de porcentajes de contratos, que hace años tenían cuotas del 10% y que en algunos casos pueden llegar actualmente al 50% de los totales de las obras adjudicadas. Los hampones novatos muestran su nuevo poder adquisitivo con viajes espectaculares, joyas, relojes, ropa, zapatos y comidas que superan por mucho sus economías “teóricas” y que es indispensable mostrar en sus redes sociales y eventos públicos y privados. Aquellos con años de experiencia, ya cuentan con asesores financieros para invertir sus riquezas y salvaguardarlas en paraísos fiscales seguros (claro, nunca será en Cuba, Venezuela o algún país que concuerde con sus políticas). Lo peor de todo es que los mexicanos ven esto como algo natural, dan por sentado que la mayoría de los dirigentes, burócratas y políticos serán ricos, y lo aceptan.
Si, la corrupción ha sido rampante en nuestro país y ningún gobierno ha hecho lo necesario para interrumpir este círculo vicioso. La mayor parte de ellos tienen las colas tan largas que se las pisan los unos a los otros y, en los hechos, no romperán el statu quo. Lo más triste de este artículo no es lo que relata; es que si lo hubiera leído hace cuarenta años tendría la misma validez que hoy en día y algunas veces, con los mismos personajes.
Y que se ponga el saco a quien le quede.
