La entendible aversión a la política y las noticias

¿Qué puede hacer un ciudadano cualquiera para cambiar las condiciones tan frustrantes y desesperantes que suceden en el país y el mundo? Durante años los gobiernos nos vendieron la idea de que votar era suficiente para cumplir con México; no lo dude un segundo, es lo que quieren que pensemos

Seguramente conoce personas (o es usted mismo) que evitan el contacto con las noticias publicadas por la radio, prensa, TV, o que reciben un poco de información —de dudosa procedencia— a través de las redes sociales. Este fenómeno sucede principalmente entre los jóvenes, ya fastidiados, frustrados, estresados o desinteresados del acontecer nacional e internacional; suficiente sucede en sus vidas como para además preocuparse por cosas que salen de sus manos. El bombardeo de información sin confirmar es incesante, ya sea por WhatsApp, Instagram, YouTube, TikTok; algoritmos que deciden qué mostrar, no con el propósito de informar, sino de mantener a los usuarios cautivos para exponerlos a la mayor cantidad de publicidad posible. No es sorpresa que muchos utilicen la táctica del avestruz escondiendo la cabeza en la tierra con la ilusión de que, al no ver lo que sucede, estarán protegidos de las consecuencias de los eventos diarios. Al igual que el ave, las personas quedan expuestas e indefensas, permitiendo que los factores externos controlen su presente y porvenir bajo el pecado de omisión.

¿Qué puede hacer un ciudadano cualquiera para cambiar las condiciones tan frustrantes y desesperantes que suceden en el país y el mundo? Durante años los gobiernos nos vendieron la idea de que votar era suficiente para cumplir con México; no lo dude un segundo, es lo que quieren que pensemos. Una vez que han obtenido el voto, todos los partidos que han alternado en el gobierno privilegian las estrategias que los mantendrán en el poder, en lugar de las necesidades de los ciudadanos.

Bajo las administraciones de Morena, los medios noticiosos están en una encrucijada ética no vista desde los años setenta. Su obligación es cubrir las noticias con objetividad e imparcialidad, algo muy difícil de cumplir bajo presiones económicas, políticas y de falta de seguridad en el país con más periodistas desaparecidos el año pasado (31) y el cuarto con más asesinados. Además, es cada vez más complicado competir con la inmediatez y la falta de rigor periodístico que predomina en las redes sociales. La lucha encarnizada por la audiencia hace que la mayoría de estos medios caigan en la tentación del amarillismo y la superficialidad de “noticias” sin importancia. La parte editorial de dichos medios está sujeta a los sesgos naturales de cada individuo, además de la educación, conocimiento y cultura (o falta de ellos) de quienes tienen el micrófono, la pluma y de quienes deciden las líneas editoriales; a esto hay que sumar a quienes carentes de ética, están a disposición del mejor postor. Desafortunadamente, en una sociedad mexicana donde ya no es requerido saber de civismo, historia, leyes y ciencias para acreditar los niveles básicos de educación (ya no reprueba ningún niño, sin importar las calificaciones), no están llegando los más y mejores preparados a dichos medios.

Pero si a los medios no llegan los mejores, a la política sí llegan los peores (con sus muy contadas excepciones). No lo digo por su nivel educativo o cultural —que ojalá fuera requisito indispensable para representar a los mexicanos—, sino por la falta de integridad, espíritu de servicio, conocimiento de sus responsabilidades y el descaro e impunidad con el que pasan de la noche a la mañana de tener un auto compacto, 200 pesos en la cartera y vivir en vecindades, a ser potentados, viajeros sibaritas y conocedores de las marcas de lujo, beneficios a los que jamás tendrían acceso sin la impunidad y corrupción que cobijan a la clase política de México. No importa si te tardas 14 años en terminar la carrera universitaria, o si eres un patán arrabalero peleando en el congreso: puedes ser presidente, congresista o político y, en el proceso, convertir a tus allegados en grandes empresarios y potentados.

  • Se nos olvida que todos los funcionarios son empleados de los mexicanos. No debemos esperar a que terminen sus contratos para despedirlos por ineptos y corruptos. Pero es difícil hacerlo si, cuando en las noticias te dicen que te están robando y viendo la cara, tienes la cabeza en la arena. Entendible, pero no justificable.

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