E pluribus unum: ¿de muchos, uno?

El empresario neoyorquino aprendió bien de su primera presidencia y esta vez conformó su gabinete con aquellos que sólo viven para servirle a él y no a su patria, de quienes piensan que sólo su forma de pensar es válida, que consideran enemigos a quienes no comparten su forma de pensar

La frase en latin E pluribus unum (de muchos, uno), aparece en el Gran Sello de los Estados Unidos desde su aprobación en 1782, hasta nuestros días. Simboliza el establecimiento y la fortaleza del país, basada en la unión de los ciudadanos de diferentes credos y orígenes a los que los padres fundadores apostaban, encontrando un enriquecimiento social que forjaría una gran nación. Sabiendo que sólo tendrían oportunidad de derrotar a los ejércitos de Jorge III dejando de lado diferencias religiosas, políticas y comerciales. Crearon un congreso y ejército continental al mando del general George Washington, quien logró transformar esas diferencias en fortalezas, haciendo ver que cuando muchos buscan los mismos objetivos para el beneficio de todos, se vuelven uno. Al terminar la guerra de independencia, muchos quisieron que Washington se convirtiera en el rey del naciente país. Él se negó por completo y privilegió un experimento en el que los ciudadanos elegirían a su representante, llamado presidente, con un sistema de controles y equilibrios, compartiendo el poder en forma equitativa entre representantes populares (Congreso) y un sistema de impartición de justicia independiente; a esto le llamaron democracia.

¿Qué le está pasando a los Estados Unidos de América 250 años después de su fundación? Si algo nos ha enseñado la historia es que los grandes imperios comienzan a romperse no por las presiones de enemigos extranjeros, sino por las inestabilidades, corrupción, traiciones y odios internos que terminan por debilitar los fundamentos e ideales que dieron origen a su grandeza, a pesar del poderío económico y de sus fuerzas armadas.

Estados Unidos está fracturado de una manera no vista desde los años sesenta durante el movimiento de libertades civiles que pretendía terminar con el racismo y la segregación de los afroamericanos. Los asesinatos de Martin Luther King, Malcom X, Robert Kennedy y los de centenares de negros a manos de fuerzas policiales y radicales extremistas como el Klu Klux Klan, dejaban ver que las razones que ocasionaron la Guerra Civil cien años antes aún persistían en gran parte su población.

Las divisiones y rupturas que resquebrajan los ideales de los fundadores de Estados Unidos bajo la segunda presidencia de Donald Trump ponen en peligro real y actual la estabilidad, no sólo de su país, sino del mundo entero. El partido republicano ya solamente existe de nombre: se ha convertido en el partido de Trump, con sus secuaces, ideólogos y los cobardes que dejaron que tomara el control del partido. El empresario neoyorquino aprendió bien de su primera presidencia y esta vez conformó su gabinete con aquellos que sólo viven para servirle a él y no a su patria, de quienes piensan que sólo su forma de pensar es válida, que consideran enemigos a quienes no comparten su forma de pensar. Ha validado a los xenófobos, racistas y ultranacionalistas, que dan rienda suelta a su odio no sólo contra los negros, también contra latinos, asiáticos, liberales, librepensadores, comediantes, artistas y cualquier persona que no cumpla con el perfil ideológico o fenotípico de quienes ostentan el poder.

Trump se autoproclamó como el elegido de Dios cuando sobrevivió un atentado durante la campaña. Con el condenable y despreciable asesinato del ultraconservador Charlie Kirk la semana pasada, los extremistas de derecha están creando el mártir que necesitaban para justificar la radicalización del país. Estados Unidos ya no es el “faro de democracia y libertad”; ahora se puede ser arrestado sin justificación mayor que el color de piel, hablar español o “parecer que tiene un empleo de baja remuneración”. Donde cobardes directivos de empresas van a rendir pleitesía al dictador en ciernes con tal de lograr los contratos y alianzas que beneficiarán a sus dueños y accionistas, aun sobre la más preciada de sus libertades: la libertad de expresión, culto, prensa y libre asociación, derechos protegidos en la primera enmienda de su constitución.

Si la fortaleza de Estados Unidos está en la unión de todos, su debilidad es la desunión de todos, provocada por muchos y aprovechada por algunos, incluso fuera de sus fronteras.

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