Sin palabras mágicas

Se debe agradecer la posibilidad de valorar el lenguaje como la herramienta más poderosa.

Al parecer, cuando alguien puede sonreír ante la desgracia, suma a un discurso triunfal que se ha despegado de la realidad. Y no es poca cosa alimentar y definir, en cierta manera, la perspectiva de quienes mantienen la firme convicción en cada una de sus palabras. La mejor estrategia es convertirse en la única voz que se escucha en medio del estruendo, mientras sus ecos resuenan en los altavoces que los arlequines han colocado en los lugares estratégicos, en donde siempre se obtendrá una mejor ganancia, pues el mensaje satisface a quienes son más proclives a los actos de fe.

No hay un mejor triunfo que simplificar todo a un elemental planteamiento discursivo en el que los muertos desaparecen, en cuestión de minutos, gracias al poder de quien ha comprendido, muy bien, que su palabra tiene el sortilegio de aquellos encantadores que eran capaces de cambiar la perspectiva de la realidad y de los que se quejaba don Quijote cuando las cosas no salían como lo había vislumbrado. ¡Ah!, en ese lugar de La Mancha, los temibles encantadores siempre buscaban perjudicar al valeroso caballero que algunos han dado en llamar Alonso Quijano. Por ejemplo, en el capítulo VII de la primera parte, se puede leer con atinada precisión: “Frestón –dice don Quijote– es un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece, y le tengo de vencer, sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede”.

Si algo se debe agradecer, en todo este tiempo, es la posibilidad de valorar el lenguaje como la herramienta más poderosa para hacerle frente a aquello que nos lastima, que nos cuestiona e incomoda, que lacera nuestra tranquilidad. Que la lengua es, también, nuestro primer recurso para que la convicción de un futuro distinto sea sembrada con las palabras precisas y logren ofrecer frutos de justicia o la sombra para un remanso que tanto se necesita cuando el mundo es un galimatías sin sentido.

No es una casualidad que haya una suerte de revisionismo histórico en el que todo se reduzca a un puñado de palabras en el que se fortalezca una perspectiva maniquea que tanto beneficia a quien mantenga los hilos del poder en la mano. Así se va hilando una trama en la que surgen nuevos héroes y exégetas de las doctrinas, cuyas palabras reivindican el discurso que los ha llevado al poder. Es importante consolidar la imagen de los enemigos históricos para encender esa pasión que, en contraste, enaltezca en los nuevos altares a quienes sean las nuevas deidades del panteón ideológico. Y todo puede comenzar por quitar o poner palabras, según sea el capricho en turno.

Insisto. No hay mayor triunfo que reducir cualquier factor que vulnere una imagen a una simple retahíla de frases. Así, en cuestión de un chasquido, los muertos y la violencia quedan como parte de una retórica que se enreda cada vez más cuando los medios de comunicación son los perversos tentáculos de ese Frestón. Pero no sólo ocurre en un reino conocido: nos llegan noticias que se han logrado “colar” a través de las ranuras de una pared informativa que se ha levantado en Rusia sobre la prohibición de llamarle guerra a la invasión de aquel país a Ucrania: se debe alinear cada palabra en una frase hueca y absurda: “operación militar especial”.

Así, como en México, se le puede llamar de diferentes maneras y con cierta indulgencia al nuevo rostro empresarial del Ejército Mexicano.

De este modo, vivimos en un momento en el que la propaganda política e ideológica ha adquirido una nueva dimensión, polarizando posturas, borrando del mapa las atroces realidades y obteniendo un usufructo del miedo, del revanchismo y la ignorancia. A diferencia de aquellas historias caballerescas de otros tiempos, no se necesitan palabras mágicas para que prevalezca una interpretación de la realidad. El discurso triunfal siempre necesita elementos que lo validen y para regodearse en su propia egolatría, mientras la miseria es apenas el pedestal de los nuevos héroes. Sin embargo, el sentido real de palabras terminará por imponerse y darle una dimensión justa a la tragedia y la violencia que hoy padecemos en este país, porque si hay algo que se ha aprendido, es a escuchar con suspicacia esa retahíla de palabras huecas que implican todo discurso oficial.

A fin de cuentas, don Quijote resultó tan vapuleado al enfrentarse a las duras paredes de los molinos, que ni Frestón podía curar sus golpes. Porque el que padecía los efectos del encantamiento se convirtió, en esta historia, en el propio encantador. Pero nada, al parecer, no sucede nada en el reino ya conocido.

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