Pregoneros

Fuimos observando cómo todo acto de comunicación de cualquier miembro del gabinete seguía una línea muy específica: consolidar o ser el eco de lo que se había pronunciado.

Ya vendrán momentos en los que se analicen y evalúen cada uno de los aspectos que han caracterizado al actual sexenio. Por lo pronto, ha quedado muy claro que todo el aparato gubernamental tiene una de las tareas más arduas y épicas que se les puede conferir. No, es precisamente garantizar una óptima administración de los recursos públicos, ni mucho menos cumplir con sus respectivas obligaciones: en realidad, se encaminan a consolidar ese presidencialismo que, como país, no hemos logrado quitarnos de encima.

Si bien, desde un principio, el estilo de comunicación que se dictaba en las oficinas de Presidencia se había enfocado en consolidar la imagen del actual mandatario, rodeado de representantes de diversos grupos indígenas, personas de la tercera edad, niñas y niños, además de la cada vez mayor presencia de las Fuerzas Armadas –lo cual no era gratuito, pues, en años anteriores, dicha institución gozaba de un alto nivel de confiabilidad entre las y los mexicanos– como parte de la promesa que auguraba un cambio. Y, de hecho, en cierta manera se fue cumpliendo tal expectativa; paulatinamente todo acto de comunicación gubernamental se basaba en las palabras de un primer mandatario que amoldaría la percepción de la realidad, según sus prejuicios y los intereses que se convertirían en los ejes de su administración: detener la construcción del NAICM, la construcción de un nuevo aeropuerto y el infame Tren Maya, la reforma eléctrica y, por supuesto, llevar a cabo, a como diera lugar, “consultas” ciudadanas a modo, con las que ha logrado asegurar su presencia electoral y, por consiguiente, desarticular al INE. Todo esto basado en falacias y omisiones que, según sus seguidores, no es necesario cuestionar ni exigir. Las palabras del titular del Ejecutivo bastan para que la realidad se supedite a un ejercicio retórico maniqueo que tanto ha gustado a sus simpatizantes, pregoneros del atavismo, quienes se regodean en una lógica de aspavientos y omisiones.

Así fuimos observando cómo todo acto de comunicación, por parte de cualquier miembro del gabinete, seguía una línea muy específica: consolidar o ser el eco de lo que se había pronunciado en las conferencias “mañaneras”. Es patente que no tienen la mínima libertad para salirse de un guion que se les ha impuesto. Lo lamentable es que no parecen nada incómodos o incómodas de convertirse en un eco que se desvanece a la velocidad de un chasquido de los dedos. Sólo el interés político o la convicción ideológica explican que sólo sean pregoneros de las “buenas nuevas” que se manifiestan de lunes a viernes a las siete de la mañana. A todos se les hace tarde para salir a “alinearse” públicamente con el Señor Presidente –quienes se quejaban de los usos y costumbres del priismo durante el sexenio de Peña Nieto sólo han actualizado dichas prácticas– ya sea con un desplegado firmado por los gobernadores adscritos al partido oficial, en las redes sociales, en todo acto de gobierno, cuando se reparten las becas o de puerta en puerta promoviendo la revocación de mandato. No, lo importante no es hablar del país, de un proyecto en el que se observen acciones en contra de la violencia, que se detenga al crimen organizado, en el que a la pobreza no se le den paliativos. No, lo importante es sumar a la personalidad de quien día con día saca un muy buen provecho polarizando a la sociedad y con un discurso maniqueo que ya nos aprendimos de memoria.

Es difícil encontrar algún acto de gobierno –y en la Ciudad de México, la batalla electoral por cada metro cuadrado será aún más evidente– en el que no se haga propaganda de la imagen presidencial. No importa que dicha estrategia se base en el incumplimiento de la ley, para eso hay mayoría del partido oficial y un excelente alumno del populismo más rancio como presidente de la Cámara de Diputados.

El claro ejemplo de esta estrategia de pregoneros es la publicación de un mensaje, por parte de la Semarnat, en el que reacciona a una campaña lanzada por actores, actrices, músicos y otras personalidades en contra de la construcción del Tren Maya. Sin embargo, la reacción no tiene nada de original, pues retoma la línea discursiva del monólogo que unas horas antes se escuchó en Palacio Nacional. Se esgrimió una respuesta con la misma velocidad con la que se han mostrado las pruebas de todo aquello que han atacado o desaparecido. Tal parece que todas las redes sociales y las vías de comunicación de todas las dependencias del gobierno se han convertido en los pálidos ecos de un pregonar al que aún le quedan unos años. Les parece mejor seguir creando panfletos que trabajar con seriedad.

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