¿Normalidad?
¿Cuándo nos permitiremos ir al cine, sentarnos en la mesa de un restaurante, asistir al gimnasio, usar el transporte público, permanecer en los espacios laborales sin la sospecha y la inseguridad que hemos sembrado durante estos días?
“No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague" dice el viejo refrán, y para nosotros es un enunciado que se levanta en medio de la incertidumbre a manera de promesa.
Luego de un mes en el que se ha tratado de mitigar el contagio del coronavirus, sabemos que en un futuro próximo marcaremos en el calendario el día en el que todo podría retomar su cauce normal y cotidiano. Sin embargo, no ha sido fácil imaginar el día en el que despertemos con el objetivo de dirigirnos a cumplir con las tareas, obligaciones y dinámicas sociales que brindaban una aparente estructura a nuestra vida. Así, transcurrían los días con la inercia de una cotidianidad que, al menos, nos peCArmitía suponer que éramos capaces de organizar el futuro por medio de calendarios escolares, económicos y políticos. Todo parecía infalible en una realidad que, en sí misma, ya nos había develado muchos signos que nos empeñábamos en ignorar porque, quizá, no había paralizado nuestra agenda ni trastocado las ideas con las que entendíamos la vida y la muerte: es insostenible un orden económico que ha profundizado la desigualdad en el país. Aunque durante esta cuarentena no ha sido uno de los principales temas, la violencia no se ha mitigado por el miedo a esta pandemia. Tampoco es concebible la irracional destrucción del medio ambiente, así como la explotación de recursos naturales, la cual ha provocado un cambio climático que ya comenzaba a modificar el significado de la palabra civilización. Aún no somos capaces de terminar con el racismo ni la discriminación —en todas sus expresiones— que permean nuestros vínculos sociales y legales.
Por supuesto, esto ha derivado en una discordia política que se erige en medio de la historia como indicador de un sistema educativo que, lamentablemente, no ha sido suficiente para conformar una sociedad crítica que, en efecto, podría evitar lo que he señalado hasta aquí. No es sorprendente que en nuestro país, como resultado de la lucha contra la pandemia del coronavirus, todo esto se haya evidenciado aun más. Por ello, cabe preguntarse si esta es la normalidad por la que apostamos.
Muchos han señalado que será imposible que, como humanidad, volvamos a ser los mismos. Argumentan que ha sido tan dramático lo provocado por esta pandemia que, ante el miedo a la enfermedad y la muerte, se han cimbrado sociedades que antes se mostraban al mundo como naciones poderosas e infalibles.
Sin embargo, los vientos de lo inesperado quebraron el mástil de la fortuna y observamos con temor lo que ya ocurre en los países más pobres.
Así, en plena crisis, resulta paradójico —y necesario— trazar las líneas de un futuro en el que estaremos presentes. Así lo queremos suponer. Por ello, imaginar el futuro bajo la premisa de que será imposible que seamos los mismos adquiere distintas implicaciones: nadie puede regresar a una pretendida normalidad sin llorar a sus muertos.
Según lo que leemos y escuchamos diariamente, esta pandemia nos obligará a modificar los estilos de vida en función de conservar nuestra seguridad.
Parece, entonces, que la normalidad implicará mirar con sospecha a quien está junto a nosotros, a dudar de nosotros mismos. Compartir espacios donde la limpieza no será negociable, pero, también, en los que nuestra subjetividad puede salirse del libreto de lo racional.
¿Cuándo nos permitiremos ir al cine, sentarnos en la mesa de un restaurante, asistir al gimnasio, usar el transporte público, permanecer en los espacios laborales sin la sospecha y la inseguridad que hemos sembrado durante estos días? ¿Valoraremos de diferente manera al campesino que no dejó de producir, a quien no dejó de barrer nuestras calles y quienes hoy arriesgan su vida en los hospitales?
Sin duda, hoy necesitamos de todos para que logremos controlar lo que nos resulta desconocido y doloroso. Es claro, entonces, que no volveremos a esa normalidad a la que estamos acostumbrados y tienen razón quienes lo señalan. Y en esto radica, precisamente, su importancia: resignificar la normalidad también nos implicará una nueva responsabilidad como seres humanos.
Que modificar, corregir, crear, reajustar, innovar, rectificar, incluir —y tantos verbos más— no sólo se encuentren en el campo semántico de una nueva normalidad, sino que sean parte de la configuración de ese impulso vital y lleno de esperanza que implicará darnos la mano y abrazarnos para decirnos que sí, que todo podrá estar bien.
