Nada nuevo
No hay ninguna novedad en lo que ha sucedido cuando se establecen las famosas “mayorías” en cualquiera de las cámaras: es histórica la manera en la que buscan legislar a contrarreloj.
En la actualidad política de nuestro país, ya no hay lugar para la sorpresa ni lo impredecible. En realidad, desde hace décadas, hemos observado cómo se hace política en este país, estructurada como un pequeño mundillo en el que pocas cosas llegarían a ser novedosas y originales. No es nada extraño lo que ha ocurrido durante las últimas dos legislaturas y, mucho menos, en el presente sexenio. Sin embargo, las últimas acciones de la Cámara de Diputados deberían ser motivo de una mayor preocupación por parte de la sociedad.
No ha sido muy diferente lanzar al viento la promesa de un cambio que obnubiló a quienes votaron por esta posible transformación y que se ha convertido en el acto de fe más populista de los últimos años. Para una gran mayoría de las personas que creen con firmeza en los espejismos del actual gobierno es suficiente con escuchar –hasta el cansancio y con el efecto de la mágica repetición que implican las oraciones religiosas– que los de “antes” eran peores, “robaban más” y que el actual inquilino de Palacio Nacional tiene una legítima preocupación por combatir la pobreza, además de las ilusiones de justicia que, como en el caso de los expresidentes en su anterior “consulta”, no llegarán. Política de garnachas y discursos maniqueos que son las mejores herramientas que han funcionado a la perfección.
Si bien, como sociedad a través de nuestra propia historia, nos hemos acostumbrado a una política basada en la preponderancia del presidente en turno, proyectar su imagen y colocarlo en ese nicho intocable en donde se le alaba sin cortapisas, en las actuales legislaturas de las cámaras de Diputados y Senadores, han alcanzado niveles que son de llamar la atención por su apego incondicional y doctrinal a lo que se dicta desde una de las oficinas del Zócalo capitalino. Considerar lo que es el supremo interés del pueblo, resulta la manera más elemental con la que se justifican todos y cada uno de los absurdos que mueven a muchas y muchos de los políticos que, lo saben muy bien, desde que pusieron un pie en su curul, ingresaron a esa suerte de corte que los coloca en un Parnaso muy singular.
Insisto, no hay ninguna novedad en lo que ha sucedido cuando se establecen las famosas “mayorías” en cualquiera de las cámaras: es histórica la manera en la que buscan legislar a contrarreloj, en cómo se tapan los oídos unos a otros y se emiten votos, según convenga al partido oficial o el mandatario en turno. En ocasiones es factible pensar si el ejército de asesores que pululan en las oficinas y los pasillos sirven de algo cuando el sentido de sus decisiones sólo obedece a la causa que mejor resulte para los fines gubernamentales, sin el menos estudio o análisis. Aunque en la actual legislatura se ha llevado a un punto máximo el presidencialismo que roza las expresiones más risibles del populismo: se desgarran las vestiduras de la ética en la defensa de quien se ha convertido en el guía incólume de una causa, la sacra imagen que el día de hoy aparece en decenas de espectaculares promoviendo la participación en una revocación de mandato que, a fin de cuentas, se ha construido con base en mentiras. Por ejemplo, basta ver una publicidad que sentencia: “Si no participas, los corruptos nos quitarán las becas, los apoyos y las pensiones que hoy recibimos”. O la amenaza que implica la pregunta: “¿Quieres que sigan las vacunas gratuitas?”, en plena lucha en contra de la pandemia. Ganchos que tocan lo más sensible y efectivo para la compra de voluntades.
¿Qué faltaba en esta andanada de absurdos? Que la mayoría del partido oficial –y sus aliados, claros ejemplos de compromiso con el país– diera muestra de su gran y pasmosa efectividad cuando se trata de blindar los intereses del primer mandatario. ¿Cuál es el peligro? No sólo es la aprobación inmediata de cualquier capricho, es la frenética búsqueda por terminar con instituciones que no son incondicionales a la llamada “Cuarta Transformación”, cambiar la ley, según lo que sea necesario para el cumplimiento de sus objetivos, causar revuelo para acallar las voces críticas y ser las plañideras que se rasgan las vestiduras cuando hay un señalamiento al actual gobierno. Y acabar con el INE, por supuesto.
No, nada nuevo bajo el techo de los recintos legislativos. Pero hoy parece que siguen el guion y actúan bajo la dirección histriónica de quien acaba de estrenar un documental para alabar el nuevo aeropuerto, sin explicar cómo se solucionarán los problemas para un óptimo funcionamiento. Por cierto, ¿la oposición? Ésa es la pregunta que nadie ha logrado responder.
