Cuento
Todo se ha decantado para que cualquier decisión que implique al Estado se centreen la imagen de quien no ha dejado de articular su campaña desde hace más de 20 años.
Hay una nueva lección que nos arroja el devenir de estas jornadas. Pocas veces es tan clara la manera en la que opera el Estado, todo el aparato gubernamental, en función de arropar la figura presidencial y lo que esto conlleva. Hoy domingo se lleva a cabo la famosa revocación de mandato que, a todas luces, se trata de un ejercicio con miras a las elecciones estatales que están por llevarse a cabo y, en los próximos tres años, en la futura contienda presidencial.
Si algo aprendieron muy bien quienes hoy gobiernan, ha sido aprovechar muy bien la estructura corporativista, el sindicalismo charro y la tendencia a fomentar una idea de soberanía patriotera –que durante tres años han consolidado– al distorsionar la historia a su juicio y conveniencia. Todo articulado gracias a un discurso cada vez más polarizado, maniqueo, que les ha dejado muy buenas ganancias, en todos los sentidos.
Tal vez lo único nuevo que se ha aprendido durante estas semanas, es que en nuestro país se pueden alcanzar nuevos niveles de presidencialismo, paternalismo y caudillismo a los que, gracias a décadas de priismo, estábamos muy acostumbrados. Es patente que la idea del actual gobierno y del país se ha construido alrededor de una figura gravitacional para el movimiento de la llamada Cuarta Transformación: el actual primer mandatario. Todo se ha decantado para que cualquier decisión que implique al Estado se centre en la imagen de quien no ha dejado de articular su campaña desde hace más de 20 años y que perfeccionó la melodía de la flauta de Hamelin.
En el diccionario del actual gobierno, la palabra pueblo es prácticamente un sinónimo de presidente y del partido oficial. Detrás de esa entelequia, que es la favorita de todos los y las políticas de este país, se articula la voluntad del actual inquilino de Palacio Nacional y los intereses de la nueva idolatría. La jugada de la “victimización” les ha salido muy bien: no es gratuito que, hace unos días, la actual jefa de Gobierno haya compartido un mensaje en redes sociales en el que recordaba su vínculo con López Obrador desde los días del malhadado desafuero. Ése es uno de los pilares discursivos que les ha servido para justificar cualquier cantidad de absurdos. Luego de tres años en el gobierno seguir culpando al mundo, al pasado y las conspiraciones universales es de muy cortas miras y análisis simplón.
¿Revocación de mandato impulsado por el propio gobierno? Vaya juego tan burdo. Lo que estamos observando es una campaña electoral perfectamente disfrazada, orquestada desde cada una de las oficinas del gobierno, con todo personal realizando campaña en la que el país es lo de menos: lo importante es revitalizar la imagen del actual Presidente. Sin importar que esto haya implicado violar la ley de manera sistemática. Es decir, el rancio priismo disfrazado y envuelto en color guinda ha revitalizado su propia estructura para catapultar a quien es la única figura efectiva de su partido. Así, el engaño –que apareció en diversos y milagrosos carteles que amenazan quitar la gratuidad de las vacunas, de los apoyos a personas de la tercera edad o las famosas becas– opera con mucha facilidad en las voluntades de la gente y su posibilidad de asistir a las casillas. Esa historia la conocemos muy bien, nada es nuevo.
Hoy domingo se juega mucho más que un voto de popularidad de quien ha dicho a los cuatro vientos “y que no me vengan a mí […] con ese cuento de que la ley es la ley”. Se pone en la mesa la posibilidad de reventar al INE y su autonomía, de poner en manos del actual gobierno la viabilidad democrática del país, de hacer caso omiso y sistematizar las “aportaciones” en sobres amarillos, una vez más. Sí, la ley implica un cuento, es el cuento chino de la democracia al estilo del actual primer mandatario: la ley es válida si los beneficia la “mano alzada” y las consignas musicales de mitin. Si es lo contrario, entra en efecto el resorte de la más predecible retórica de la victimización y las conspiraciones universales.
Qué fácil ha sido articular la campaña electoral que beneficia al partido oficial con todo el aparato del gobierno. Desde la jefa de Gobierno –en el regodeo de su propia campaña– hasta el nuevo adalid del gabinete, el secretario de Gobernación, y, por si fuera poco, la cada vez más natural aparición del ejército en todo acto oficial. Esta combinación no es un buen augurio.
Así, la pregunta no es retórica, ¿estamos listos y listas para la feroz embestida contra el árbitro electoral durante los próximos tres años? Porque esto será otro cuento, sin duda alguna.
