Costumbres
Ya dependerá de nosotros la importancia que le brindemos a una “preprecampaña” ilegal que se basará en la coerción y la promesa irracional, en el cinismo y la opacidad.
O tempora, o mores. / Cicerón
Basta una breve mirada a los periódicos, a escuchar y observar con rapidez los diferentes espacios noticiosos para que llegue a nuestra memoria aquella frase que Marco Tulio Cicerón, el gran orador y político latino, empleó en uno de sus discursos en contra de Catilinia –personaje de infausta memoria que había intentado asesinarlo como parte de un ardid político, tan común en aquellas épocas, sólo en aquellas épocas– y que se puede traducir como “Oh, tiempos. Oh, costumbres”. Una frase que Cicerón empleaba para evidenciar la fuerza de la corrupción política en la que se encontraba el gobierno y que, de alguna manera, era posible al señalar una cierta complicidad de la sociedad al permitir que la injusticia prevaleciera; que todo, en ese sentido, pareciera tan normal.
Uno de los aspectos en los que podríamos hacer hincapié es la manera tan sencilla con la que nos acostumbramos a la desternillante y escandalosa manera con la que actúa la cortesilla política. Poca sorpresa causa enterarse de las triquiñuelas de corrupción en las que se encuentran señalados; tampoco nos llena de asombro escuchar el cinismo o la falta de preparación que se observa en el discurso de quienes actualmente tienen un trabajo bien definido en cualquier nivel de gobierno. Pareciera tan común que todo servidor público tuviera una suerte de licencia para actuar como su moral y ética le venga en gana dictarle. Y en ello radica un asunto que ha comenzado a enfatizarse durante los últimos días.
Desde hace unos siete años, también nos hemos acostumbrado al proselitismo y la permanente campaña electorera que se ha establecido desde el eje neurálgico del poder en nuestro país. En efecto, desde la cotidianidad del púlpito que se estableció en los patios del Palacio Nacional, hasta los discursos que se escuchan en toda actividad de carácter oficial, no se ha dejado de observar el claro objetivo de llegar con la máquina bien aceitada a todo tipo de elecciones. La figura de la precampaña se desdibuja y se convierte en una mala broma ante la permisividad del humorístico y casi fantasmal Instituto Nacional Electoral.
Así, durante estos días, ya se han comenzado a escuchar esos discursos que subrayan su orientación propagandística rumbo al año ¡2027!. Sin embargo, algo vino a romper con esa inamovible costumbre y que llegó a mover el segundo piso de la llamada Transformación: la aparición de un amenazante primer mandatario estadunidense que ha terminado por imponer una agenda que va más allá de lo político y que radica en su postura frente al narcotráfico y las organizaciones criminales.
No es algo simple lo que deberá resolver el gobierno ante la inminencia de un discurso estadunidense que, al parecer, tomará visos cada vez más incendiarios y que, en una curiosa jugada del destino, coincidirá con esas precampañas que se irán consolidando semana tras semana. Se acercan momentos de mucho interés, análisis y, por qué dudarlo, de esa diversión que es resultado del humor involuntario –tan característico de la cortesilla política de nuestro país desde el siglo pasado–.
No faltarán las características fórmulas de un lenguaje hiperbólico, de una retórica llena de patrioterismo, de victimismo y de un revisionismo histórico que suele ser una estrategia efectiva para quienes prefieren mirar hacia otro lado cuando se trata de una acusación que señale a algún miembro del Olimpo morenista.
No obstante, el interlocutor que habita allende el río Bravo tendrá sus propias cartas discursivas y jugará las fichas que, quizá, generen una presión muy distinta a la que el oficialismo ha estado muy acostumbrado.
Ya dependerá de nosotras y nosotros la importancia y trascendencia que le brindemos a este pancracio discursivo frente a los vecinos del norte, a una “preprecampaña” ilegal que se basará en la coerción y la promesa irracional, en el cinismo y la opacidad.
Y, por cierto, para que no falte la costumbre que hemos desarrollado en este espacio: ¿alguien sabe de la llamada oposición? ¿Por dónde andan? ¿Ya echaron a andar su maquinaria para enfrentar un año que podría ser como la pesada lápida de su propia tumba? Caray, es triste pensar que una parte de la ciudadanía se encuentre a la sombra de un árbol que está a punto de caer.
Pero, que quede claro, aún queda mucho por hacer en el trabajo y las tareas por construir un futuro diferente.
