Algunos episodios y divagaciones de chile de dulce y de manteca del Casino Metropolitano de Tacuba 15, conocido también como el Antropolitano; en los 60 antro era una guarida maloliente. Un tiempo se jugó en la planta baja donde había mesas de billar y dominó. Medio centenar de mesas de ajedrez se colocaron en el primer piso.
Al entrar nariz, ojos y oídos recibían el impacto de una nube de humo producida por cigarrillos y puros. La vocinglería desaparecía en la concentración del juego. Violeta, una guapa mujer -entraba al baño de hombres sin inhibiciones!-, que se desvelaba jugando en una cafetería de Humbold y Avenida Juárez, rara avis, nos dijo.“Fíjate como voy a derrotar al Gang”.
Llegó el Gang con un elegantísimo traje color rosa, corbata y zapatos y calcetines rosas, con una rosa en la solapa. Era una rosa. Apenas un puñado de jugadas Violeta extrajo de su bolsa una pluma fuente con tinta morada y se la vació en el pecho. Ella reía; el Gang con la furia de un tigre se abalanzó con la intención de atraparla del cuello. La mesa y los espectadores apenas lo contuvieron. “Es tinta invisible”.
El Gang era un ludópata simpático. En cierta ocasión caminando por la calle de Dolores lo vi sentado en un colchón jugando al ajedrez. -¡Qué te sucedió, qué haces?”. “Me acaban de lanzar de mi departamento…”, y él seguía jugando como si nada. Pablito silbaba y silbaba cuando su posición era ganadora. Al molesto silbido seguía el coro de un estridente pentachiflido. Manuel López Gallo, dueño de la Librería El Sótano, se paraba y bañaba con los más floridos dicterios a su oponente cuando iba a dar mate. Era de lo más divertido. La mirandilla se apeñuscaba para presenciar la ejecución. A mi lado derecho Raúl Ocampo Vargas de unos 13 años; a mi derecha Emilio Garduño. Maestro, decía “El Niño”, sus ideas en el tablero son como perlas. Y en el momento que Garduño empezaba a sonreír Ocampo añadió: “¡Escasas!”. De súbito un Empuja-maderas gritó. ¡Ahora si, Eureka, lo tengo! Es mate en tres jugadas.
Los aficionados se arremolinaron. “Si, respondió el maestro Alejandro Baéz Graybelt, que estaba del otro lado del tablero, es verdad, es mate en tres. Pero mi mate es en una jugada. ¡Y zas, jaque mate! El maestro Orozco uno de los mejores ajedrecistas de Jalisco, más corpulento que Báez, fue empujado a jugar contra otro trebejista jalisciense. Existía un abismo de calidad. La apuesta era de un peso. Orozco cometió un grave error como el del campeón alemán Alexander Graft en el Torre Repetto, y perdió. Enardecido Orozco dijo: La apuesta sube, diez a uno, a que usted no me vuelve ganar. “No maestro, respondió el afortunado y circunstancial vencedor. Esa derrota se la va a llevar a la tumba. Jamás vuelvo a jugar con usted”. Y así fue.
En la época de construcción del Metro entraba a la sala un modesto trabajador con el pelo hirsuto, las botas enlodadas y un pico en la mano que colocaba junto al tablero. Frente a él el dueño de una fábrica de trajes. Contraste de vestimenta y vocabulario despectivo. Con cada jugada brotaba un insulto a lo material y a lo mental. Un mexicano, seis meses pescador en el Artico, y jugador otros seis en el Metropolitano incorporó el “Contras” a la apuesta. Decir Contras significaba doblar la apuesta con la certeza de victoria. Y si el otro empataba podía reclamar el monto. Había riesgo y atractivo. Dos jugadores con nombres de generales de la antigüedad, íconos de la estrategia, no se dirigían la palabra. Formaban una singular simbiosis agonal de repudio. Sus apuestas en 5 minutos se elevaban con rapidez a los 3 mil y 6 mil pesos.
En cierta ocasión Carlos Torre Repetto quien al igual que el escritor Juan José Arreola y Bobby Fischer asistieron al Metropolitano expresó de dos fuertes campeones nacionales: “Qué curioso; juegan las blancas y las negras ganan; juegan las negras y las blancas logran ventaja decisiva”.
Una vez Aníbal Navarro, de personalidad magnética, llenaba la sala del Metropolitano, se fue al Club de Periodistas y luego a la Gandhi y jugadores y aficionados colmaban los sitios -decían humorísticamente que era el ajedrecista más grande de México porque medía poco más de 1.90m- me dijo ¡acompáñame!. Fuimos a la Texcocana frente al cine Metropolitano compró seis tortas y varios refrescos. Nos dirigimos por el rumbo de la avenida del Taller. Presencié acaso la peor faceta del ajedrez. Todas las virtudes que se le atribuyen al deporte y a la competencia se desvanecen y desgarran cuando se cruza y entra a un terreno enfermizo, absurdo, demencial. Dos adversarios poseídos, como personajes de novela, con el rostro demacrado enfrentan frenética y compulsivamente en oleaje incesante de juego tras juego sin comer ni dormir. El ajedrez contiene todos los acentos de la vida.
