Usos del espacio público: los árboles
¿Cuál sería el futuro de una ciudad sin los árboles, sin su extraordinaria belleza?
Como tantas cosas, usualmente no percibimos los árboles en la ciudad; aunque nos rodean en muchos lugares, simplemente no los vemos. De hecho, están en muchos espacios públicos, aún en banquetas pequeñas en las que disputan el espacio al concreto. Imagine, por un momento, que nuestra ciudad no tuviera árboles; que por una terrible plaga desaparecieran. ¿Qué veríamos? ¿Qué sentiríamos ante la desolación de parques, avenidas y calles sin el verdor de su presencia? ¿Cuál sería el futuro de una ciudad sin árboles, sin su extraordinaria belleza?
Como tantas cosas, la evidencia de los árboles en la ciudad pasa desapercibida. Quizá por eso somos tan descuidados y, en muchos casos, tan crueles con los árboles y plantas. Prueba de esto es la mutilación o destrucción que se hace —impunemente— con cualquier pretexto. Es que tiran mucha basura —como si las hojas fueran basura—, es que tapa mi vista; es que… en realidad se desprecia y destruye la vida que representan árboles que —además— no son propiedad del que los destruye, sin que eso sea un delito contra bienes públicos.
Los árboles en los espacios públicos de la ciudad son patrimonio de todos nosotros, pero no hay respeto por ellos. Desafortunadamente, no tenemos una cultura que cultive —literalmente— el amor por las plantas y árboles, como la hay por los animales.
En otros países el amor y respeto se manifiesta en sus ciudades, donde se propician parques, avenidas y plazas con árboles que generosamente retribuyen el cuidado que reciben. En las nuestras, salvo casos excepcionales, los árboles sobreviven. Árboles que son frondosos son podados como pirulís, o “animalitos”. Se permite que árboles recién plantados sean destruidos, o maltratados por niños que están jugando. Cuando es evidente que, si a un niño no se le educa para respetar árboles y plantas, difícilmente respetará a sus compañeros.
No hay árbol que sea inútil. Cada uno cumple su función, por modesta que sea. Los hay mejores y, de acuerdo con las características de su especie, serán más aptos para estar en los espacios públicos de la ciudad. Deben ser resistentes, fuertes y de fronda espesa, para garantizar su duración. Los mejores son los que son nativos de este valle, del clima en el que se desarrollan mejor.
Durante muchos años se plantaron miles de eucaliptos, que es una especie no nativa, de rápido crecimiento y pocas raíces, que provoca erosión a su alrededor y que frecuentemente se cae con el viento. No es raro encontrar árboles de diversas especies, plantados sin la menor consideración por el espacio vital que cada uno requiere. La Alameda debía de ser eso, un jardín de álamos; pero tiene árboles que no son nativos del valle. Eso se repite en parques y avenidas, donde vemos diversidad de árboles sin el menor cuidado por conservar unidad en la especie.
Sin embargo, la mayor riqueza que aún tenemos son los árboles en las laderas del valle. Ha sido tan brutal la tala y destrucción de ellos que muchas áreas se han erosionado; y la recarga de agua que se da en las sierras se ha visto destruida por pavimentos y casas. Por eso, para proteger los árboles, lo que debemos hacer es estar conscientes de su importancia y valor; que empieza por cuidar los que tenemos cerca. La variedad de plantas que tiene el Valle de México se ha calculado en cerca de dos mil, y ese número revela su extraordinario valor.
