Usos del espacio público: las plazas

Ahora se considera como un gasto inútil construir una plaza

La revolución francesa se inició el 14 de julio, en lo que ahora es la Plaza de La Bastilla. La enorme manifestación popular destruyó esa fortaleza y provocó la caída del régimen monárquico, transformó la historia de Europa, e influyó poderosamente en toda Latinoamérica.

La plaza es, sin duda, el espacio público más importante y significativo desde hace 380 mil años; como prueban las excavaciones realizadas en Terra Amata, en Niza, al sur de Francia, donde se encontraron las huellas de un grupo de cabañas, cuyos restos sugieren una construcción colectiva con un espacio central: la plaza prehistórica. Eso explica la evolución de ese espacio en todas las civilizaciones hasta nuestra época.

Las plazas definen ciudades y poblados; y han sido lugares de celebraciones, rebeliones, ritos y festejos. Significativamente, en la plaza principal se han construido edificios para los poderes religiosos y políticos que refuerzan su valor simbólico. En nuestra ciudad, la plaza mayor –el Zócalo– fue la sustitución que se hizo en la Colonia, de la gran plaza ceremonial azteca, que se destruyó para edificar casas e iglesias.

La extraordinaria capacidad y talento de arquitectos y artistas ha quedado mostrada en numerosas plazas memorables. Pero lo notable es que hay muchas, grandes y pequeñas, que son testimonio de la sabiduría popular. Pórticos, balcones, fuentes, jardines, monumentos y terrazas son elementos que definen y complementan esos espacios, donde habitantes y visitantes de la ciudad se pueden ver y ser vistos.

Cualquier ciudad importante, como la nuestra, tiene plazas que –sin importar su tamaño– son valiosas. Se puede afirmar que durante centenares de años no hubo edificio importante que no tuviera una plaza que lo complementara y resaltara. Sin embargo, el valor inmobiliario ha presionado para que ahora se considere como un gasto inútil construir una plaza; cuando es precisamente lo contrario, como las de algunos edificios  en el Paseo de la Reforma: la de la Secretaría de Salud, de la Torre Mayor, las dos laterales del IMSS; las que se aislaron en la esquina de Varsovia y en la embajada de Japón; la del costado del Hotel María Isabel; la de los edificios en Niza y en el 222; la plaza Luis Pasteur, que no se aprovechó en el conjunto del Senado y, finalmente, la de la Lotería Nacional, que son prueba de que una plaza bien diseñada añade valor económico y social al edificio. Ejemplos notables son también las plazas de los edificios Rockefeller y Seagram’s en Nueva York, que sin ser los más altos, aumentaron su valor inmobiliario y se han convertido en iconos de la ciudad.    

La ductilidad del espacio público ha permitido plazas enormes, como la de Beijing, la del Zócalo, o la del Vaticano, pero también placitas extraordinarias, verdaderas obras de arte que la gente aprecia y disfruta en todas las ciudades.

Su enorme atractivo ha sido utilizado en las plazas “comerciales” que en un principio redujeron el intercambio social sólo a la compra-venta. Sin embargo, la competencia y la necesidad de hacer más atractivas esas plazas han provocado una rápida sofisticación de su diseño, incorporando áreas verdes, bancas, balcones, estacionamientos cubiertos y fuentes, que atraen mayor número de compradores.

Con todo y que ahora son más agradables, son espacios privados, con un intercambio social muy limitado. Por eso, las plazas públicas son y seguirán siendo los espacios más importantes de cualquier ciudad.

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