El shock de lo nuevo

El filósofo checo Vilem Flusser propuso que el hábito es un verdadero criterio estético

Con ese título, el crítico Robert Hughes realizó ocho programas en la BBC y publicó después su análisis sobre los 100 años de arte moderno (1981). De carácter heterogéneo, el recorrido abarca obras de pintura, escultura y arquitectura, en un siglo de cambio que transformó radicalmente la concepción misma del arte y de sus obras. Puede decirse con justicia que aún son vigentes las revolucionarias propuestas artísticas del primer tercio del siglo XX. Fueron tantas y tan radicales esas obras y movimientos, que se sucedieron con una rapidez y fuerza que aún hoy sorprende. Cubismo, constructivísmo, dadaísmo, expresionismo, fauvismo, futurismo, o surrealismo son algunos de los más conocidos movimientos que causaron un verdadero shock en la cultura tradicional vigente, por lo desconcertante e inesperado de sus obras y propuestas.

El filósofo checo Vilem Flusser propuso que el hábito es un verdadero criterio estético, una manera cuantificable de evaluar al arte que se sitúa entre dos extremos: lo nuevo, y lo que es habitual (Writings. Minneapolis, University of Minnesota Press, 2002 p. 51-57). Flusser mencionó que lo que es nuevo es terrible; porque es inesperado, y porque su existencia cuestiona lo que se ha aceptado y valorado socialmente. Eso explica las reacciones ante las obras de arte de los diversos movimientos del siglo XX. Como eran nuevas con respecto al arte tradicional fueron clasificadas como absurdas, espantosas y terribles, pues no se podían comprender en esa época. La prueba es que aún 100 años después, La Fuente de Marcel

Duchamp no se acepta como una obra de arte por muchos, que sólo ven un mingitorio —colocado horizontalmente— en la sala de un museo de arte. Eso mismo aún sucede ante obras de culturas africanas, china o prehispánicas, a las que se considera desagradables, o feas. Cuando es evidente que lo que se considera bello o feo, es sólo una convención cultural, y por lo tanto su evaluación es arbitraria.

Flusser mencionó que la belleza es opuesta al hábito, pero que, con el tiempo y el consenso social, deja de ser nueva, y paulatinamente se acepta. Ese consenso social

—siempre mayoritario— fue el que recibió el shock de lo nuevo en el siglo XX. Por eso es comprensible que se reaccione negativamente ante lo nuevo, desde la burla o la descalificación, hasta el ataque en nombre del buen gusto.

En esa situación de intranquilidad y desconcierto ante lo nuevo, una alternativa es contar con una escala o medida que permita evaluarlo con objetividad. El problema es definir lo que realmente es nuevo, porque la mayoría de las obras, artefactos, e inclusive de las acciones humanas, son producto de la copia, réplica o modificación de lo que ya existe y que se convierte paulatinamente en lo aceptado, en lo habitual. Entre esos extremos se sitúa la posibilidad de evaluar: en uno se encuentra lo que es muy improbable y completamente original; en el otro lo que es ordinario y habitual; como muchas de las obras y objetos que nos rodean y no percibimos.

Flusser estableció una escala entre lo nuevo y lo habitual, en una cinta de Moebius, en la que hay segmentos que se traslapan desde lo improbable —lo inaudito y maravilloso— que revela lo no visto, y hace audible lo no oído, hasta lo que se convierte en habitual. Esos dos extremos son difíciles de ver: uno por nuevo y terrible, y el otro porque se ha convertido en algo habitual, que regularmente no vemos con claridad.

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