Belleza y hábito

La percepción de la belleza o de la fealdad es subjetiva y no hay valores estéticos absolutos

Tratar de definir qué es la belleza o qué es fealdad ha sido una tarea que se ha intentado reiteradamente, sin avances importantes. El resultado es que la mayoría de las veces se termina afirmando que —objetivamente— no se puede definir algo que depende de cada persona. Sin embargo, la sabiduría popular tiene ingeniosas frases que ofrecen respuestas: “La belleza está en los ojos del que mira”, “en gustos se rompen géneros”, “la belleza sólo es superficial” o “todo depende del cristal con que se mire” son algunas de las más conocidas.

La característica más importante de esas frases es que se- ñalan que la percepción de la belleza —o de la fealdad— es subjetiva y que no hay valores estéticos universales o absolutos que se puedan aplicar.

Por eso es tan sorprendente la propuesta del filósofo checo Vilém Flusser (1920-1991), quien afirmó que el hábito es un verdadero criterio estético para evaluar la belleza. “Esta tesis se basa en la Segunda Ley de Termodinámica. Propone que lo nuevo es una regresión poco probable de la tendencia general hacia una mayor probabilidad y que es aterradora, precisamente porque es una regresión. Aunque implícitamente también afirma que cualquier cosa que es nueva debe —necesariamente— hacerse vieja e iniciar la tendencia general a convertirse cada vez más en algo probable. Esta tesis es radical porque propone un criterio estético cuantificable para la crítica artística (Writings. Minneapolis, University of Minnesota Press, 2002 p. 51-57). La propuesta de Flusser es una auténtica provocación, porque cuestiona valores estéticos tradicionales.

“De hecho, esta declaración puede producir inquietud, molestia, rechazo o enojo… síntomas todos de la reacción natural ante lo nuevo; ante la belleza… el principio de lo terrible, que evocó Rilke en su poesía …la belleza no es nada sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar… Todo lo que es nuevo es terrible, no por lo que es, sino porque es nuevo. Ese grado puede tomarse como una medida de novedad: y entre más nuevo, más terrible”. La declaración de Flusser es radical, porque propone un criterio estético cuantificable; algo que se considera imposible entre muchos críticos o historiadores del arte. Flusser afirmó que: lo nuevo es la antítesis de lo habitual, y los sitúa en dos extremos opuestos y, por lo tanto, medibles. En uno, lo nuevo es inesperado, desconcertante y terrible. En el otro extremo, lo habitual tiende a lo controlable, a la inmovilidad… a la parálisis de la entropía.

Nos resulta difícil aceptar que una obra de arte sea terrible, porque al horror que puede causar lo nuevo, se prefiere la tranquilidad que da lo conocido, lo habitual, que no asusta… sólo complace. Algo que es atroz y terrible altera la plácida tranquilidad de lo cotidiano, de lo que —paulatinamente— se convierte en habitual. Por eso se prefiere lo que ha sido reconocido, lo bonito, lo que produce satisfacciones inmediatas, que es garantizado por la repetición y la aceptación masiva. Por eso a la mayoría nos gusta lo que no desafía, lo obvio, lo que no inquieta.

Como lo nuevo es inesperado, regularmente es considerado molesto y horrible, porque rompe la tranquilidad de lo que aceptamos y conocemos, desafiando su validez. En esta tesis, el arte es la creación de lo improbable, de lo inesperado, de lo realmente NUEVO… no su falsificación, que ahora es tan común. Por eso es importante definir la escala que separa lo nuevo de lo habitual.

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