Concursos de arquitectura: México

Al inicio del siglo XX Porfirio Díaz intentó mostrar a México ante el mundo como una nación moderna y avanzada, y lo concretó con la construcción de enormes obras de infraestructura como los ferrocarriles, y grandes edificios. Los más importantes fueron el Palacio ...

Al inicio del siglo XX Porfirio Díaz intentó mostrar a México ante el mundo como una nación moderna y avanzada, y lo concretó con la construcción de enormes obras de infraestructura como los ferrocarriles, y grandes edificios. Los más importantes fueron el Palacio Postal, del arquitecto Adamo Boari (1902-1907), el Palacio de Comunicaciones y Obras Públicas (1904-1911), del arquitecto Silvio Contri, y el Teatro Nacional que posteriormente fue transformado en el Palacio de Bellas Artes, de Boari y Federico Mariscal (1904 a 1934). El concurso internacional convocado en México por la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas para el Palacio Legislativo (1897) tenía un doble propósito: llamar la atención internacional sobre el régimen de Díaz, y alcanzar el nivel de calidad de los edificios legislativos de los países más avanzados. En el jurado estaban prestigiados arquitectos como Antonio Anza, los hermanos Juan y Ramón Agea, Emilio Dondé, Guillermo Heredia e Ignacio de la Hidalga.

Se recibieron 51 proyectos que fueron exhibidos al público. La primera sorpresa fue que, sin ninguna explicación, el jurado declaró desierto el primer lugar del concurso, y determinó el empate de tres segundos lugares. Esa decisión causó una enorme reacción que se prolongó por años y fue duramente criticada por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, diseñador de la columna de la Independencia —y uno de los segundos lugares del concurso— que publicó la mejor crítica sobre ese absurdo resultado (Olivares Correa M. A propósito de la vida y obra de Antonio Rivas Mercado. México, 2010, p.123-157). La mejor crítica al concurso fue de Antonio Rivas Mercado.Ante esa situación se seleccionó uno de los proyectos, el de Pier Paolo Quaglia, pero como murió poco después se decidió nombrar al arquitecto Dondé -que había formado parte del jurado- como director de la obra. El nombramiento complicó aún más el asunto y —finalmente— se encargó la obra al arquitecto francés Emile Bernard, otro de los segundos lugares, quien firmó el contrato en 1904 (Bénard Calva M. / Pérez Siller J. El sueño inconcluso de Emile Bénard y su Palacio Legislativo. México, Artes de México, 2009). Bénard había ganado antes el proyecto para el campus de la Universidad de Berkeley (1898) y tenía ya un reconocimiento internacional.

El terreno para construir el Palacio Legislativo tenía las características de la zona central de la ciudad, y eso causó graves problemas en el avance de la obra. La cimentación, que ahora se puede ver después de la remodelación del monumento, fue una obra sin precedentes: 17 mil pilotes y centenares de enormes vigas de acero, importadas de Nueva York. El Palacio Legislativo sería un enorme edificio, que tenía cerca de 15 mil metros cuadrados, en el que se integrarían las Cámaras de Diputados y la de Senadores.

Sin embargo, en 1911, como consecuencia de la renuncia de Porfirio Díaz, se suspendieron las obras; aunque la estructura metálica del edificio estaba prácticamente terminada. El sueño inconcluso de Bénard, que sería, como lo calificó Justino Fernández: “el edificio gubernamental más grandioso de América”, quedó abandonado por muchos años. Finalmente, en 1938 la armadura metálica del enorme vestíbulo fue aprovechada por el arquitecto Carlos Obregón Santacilia para construir el Monumento a la Revolución. Quizá ante el terrible resultado de ese concurso, y para evitar los problemas que pueden surgir, se prefirió conceder durante décadas los proyectos y las obras públicas a un selecto grupo o los amigos cercanos.

El resultado de ese concurso fue terrible.

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