El “placer” de viajar
Se ha convertido en una experiencia similar a viajar en un guajolotero
Recuerdo cuando era chiquita y viajaba con mis papás. No fuimos familia de primera clase, pero, la verdad sea dicha, la clase “económica” tenía amenidades y un servicio maravilloso.
Yo, por lo pronto, clasificaba para salir con libretillas para colorear, crayolas, platitos para jugar a la casita, cobija y almohadita. Nos daban jugos de sabores, frutas, dulces y, una vez, hasta me regalaron un muñeco de peluche.
Mis papás también salían con lo suyo: pantuflas, tapa ojos, carteritas de la aerolínea... ¡ah, tiempos aquellos en los que los asistentes de vuelo sonreían y tenían buena actitud!
Ayer volamos en la aerolínea colombiana por excelencia: Avianca. Sin embargo, debo decir que no solamente —lo siguiente— pasa en dicha aerolínea, pues no importa por cuál uno escoja volar, hasta pareciera que te regalaran el boleto.
Primero que nada, la actitud de gran parte de los asistentes de vuelo ha cambiado (no generalizo para no herir susceptibilidades de quienes aún hacen bien su trabajo). Ya no sonríen cada que se dirigen a ti y, si osas pedir otra copa de vino, te miran como si hubieras profanado el nombre de Dior en vano.
Sin mencionar la comida, por lo regular discriminatoria para los que no consumen carnes. ¡No se me alboroten! Estoy consciente de que, si uno es vegetariano, entonces debe de pedir, desde que compra el boleto, el menú vegetariano.
Mi pregunta es, si en este mundo en el que cada vez más gente está dejando de lado las carnes (aunque sea las no orgánicas), todavía es válido que los que no consumen tengan que pedirlo de diferente manera de los que sí. Para mí eso cataloga como algún grado de discriminación.
¿Acaso quien va a consumir pollo reseco o carne de mal aspecto tiene que aclararlo desde el principio? Y peor aún, ¿si una persona olvidó pedir el menú, no deberían de tenerlo en cuenta y cargar con otra opción para quien no quiera comer pollo pálido o carne cauchuda? ¡Aunque sea un paquete de papas, no frieguen!
Entre el petróleo bajando (lo cual es contradictorio dado los precios de los tiquetes), los costos de los impuestos aeroportuarios subiendo, las aerolíneas siendo cada vez más abusivas a la hora de cobrar por unas cuantas millas de aire y el servicio cada día más deplorable, viajar ha dejado de ser un placer para convertirse en una experiencia similar a viajar en un camión guajolotero.
Claro, no vaya uno y pague primera clase porque hasta sonríen, pero para quienes no se les da la gana o no pueden y pagan “económica” son tratados como los parias de los viajeros, ¡pinches codos! (whaaaat!?). Y no tengo nada contra primera clase, por el contrario, quisiera ser millonaria para viajar siempre en ella y merecerme una sonrisa, pero no se vale que la diferencia se haga notar hasta en el trato. Algunos asistentes de vuelo sólo sonríen si estás en ejecutiva y hacen mala cara si no la pagas.
El ritual tan agradable que debería ser viajar, comenzando por la atención de las aerolíneas que deberían tratarte como un rey, aunque pagues sólo el boleto de “económica”, se ha empañado por varios aspectos, tanto de seguridad como de disposición de algunos (varios) asistentes de vuelo para hacer su trabajo de buena manera.
Es verdad que no vamos a dejar de viajar porque nos trate bien o mal un asistente de vuelo (que esté de malas porque osaste mandarlo a 20 metros por otra copa de vino después de que no tenían nada para comer para ti y te restriegan que eres una idiota por no pedir el menú desde el principio), pero es muy triste que, tras de que uno paga un dineral por avanzar unas cuantas millas, no se le dé valor al viajero, el que se le daba en el pasado; cuando el placer de viajar comenzaba desde que cruzabas la puerta del avión.
Saludos a los asistentes de vuelo que sí sonríen.
