¿Y si tomamos un descanso?

El vivo vive del bobo y el bobo de papá y mamá. La cosa es chingarse al de abajo.

No puedo evitar que determinadas cosas me afecten. Un hombre, frente a su hijo pequeño, tira basura en la calle sin problema alguno; si digo algo, como lo he hecho antes, termino peleando con una persona que no conozco y que se ofende porque yo soy una “metiche”.

Mejor recojo la basura detrás de él y solamente intento mirar con desaprobación. Aunque estoy segura que para quien no le importa tirar basura descaradamente en la calle, tampoco le importa que lo miren mal.

Estamos llenos de malos ejemplos. Llenos de personas que les importa un pepino y que piensan que alguien más recogerá o lo hará por ellos. Para eso pagan impuestos, ¿no? Para que alguien más haga bien las cosas que ellos no se les da la gana hacer.

Todos malgastamos el agua como si tuviera fuente inagotable y apoyamos un montón de industrias sin darnos cuenta que fatigan a nuestra sociedad mundial. Estamos pensando en ahorrarnos centavos en las cosas más esenciales, pero estamos dispuestos a gastarnos miles en tonterías sin el mayor miramiento.

Nos matamos lentamente, los unos a los otros e incluso a nosotros mismos. Los hábitos de vida se volvieron un subsistir diario desesperado por tener, ser y llegar de primero.

La rapidez se vuelve más profunda conforme pasa el tiempo, como la bola de nieve que, entre más cae, más pesa. Nos envolvemos en nuestras propias rutinas y luego pretendemos sacar salud de donde no la hay. Pretendemos no enfermarnos y de paso no volvernos locos dentro de esta sociedad que hace todo porque así sea.

La gente está enojada, te mientan la madre si por error te atraviesas y te la mientan, también, si fueron ellos los que se atravesaron.

El vivo vive del bobo y el bobo de papá y mamá. La cosa es chingarse al de abajo o al que se deje, mientras yo me encuentre cómodo y agradado, el resto que se los coman los gusanos, ¿en qué momento nos volvimos así?

Por qué se nos olvida sonreírle a la gente y en cambio emitimos juicios sin ni siquiera saber sus nombres. Miramos por debajo del hombro a quienes creemos que así lo merecen y esbozamos nuestras mejores sonrisas a quienes bien podrían ayudarnos.

Perdimos los valores y la ética en el camino en el que se vale todo con tal de llegar hasta donde esta sociedad te exige que llegues. No hay tiempo de respirar, no hay dinero para comer bien, no hay sonrisas para regalar.

Refunfuñamos de las bendiciones y nos regodeamos con la miseria. El chiste es quejarse de todo lo que no tenemos y quisiéramos y de lo que tenemos y, según, ya no nos sirve de nada.

No tenemos tiempo para mirar un atardecer, ni para sentarnos a la sombra de un árbol. No tenemos tiempo para disfrutar un segundo de esta vida que cada día se va más rápido, todo por la infinita lista de alicientes de felicidad que necesitamos y que se consiguen a punta de cansancio.

¿Y si tomamos un descanso de la negatividad que se reboza y comenzamos a volver a la felicidad un hábito del diario vivir? ¿Y si analizamos todas las bendiciones que tenemos en vez de renegar por lo que aún no llega? ¿Y si tratamos de ser más conscientes de que a medida que cuidemos nuestro mundo, recibiremos lo mismo de otros?

Dejemos de alegar, de enojarnos y comencemos a cambiar nosotros, poco a poco, a buscar ser mejores personas para entonces poder atraer lo mismo de vuelta. A punta de ejemplo, cambiemos un poquito el mundo.

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