¿Serviría de algo desear lo mismo hoy, que hace años? Lo dudo

¿Hasta cuándo se cansarían de jugar y hacer travesuras? Esto no es un cuento, es nuestra tragedia.

¿Recuerda usted lo que sus padres le decían cuando, una y otra vez usted seguía con lo que ellos consideraban un peligro, o una amenaza para su integridad? ¿Ya olvidó —si es que se lo hubieran dicho—, aquello de: ¡Ojalá te caigas, para ver si así aprendes a hacer caso!?

Quizás a usted le parezca esta advertencia de los padres, un poco salvaje, pero tome en cuenta que le hablo de las costumbres en un pequeño pueblo del sur de Sonora allá por los principios de los años 50 del siglo pasado. Seguramente, si usted vivió los años de su infancia en alguna región del país urbanizada y además, pertenecía a un estrato socioeconómico elevado donde, con seguridad, las formas y trato de los padres para con sus hijos eran más modernas o más apegadas a las nuevas formas de educar a los niños, lo que le digo suene a algo que proviene de lo ignoto (No conocido ni descubierto).

Si ha leído hasta aquí, usted se preguntará —con razón—, si el tema de hoy será revisar aquel famoso libro que causó furor a principios de los años 60 del siglo pasado, Summerhill o cuando menos, preguntarnos si los cintarazos que a no pocos de nosotros nos dieron por alguna travesura, nos traumaron y, hoy nos debatimos en profundos dilemas existenciales por culpa, evidentemente, del cinturón.

Nada de eso; solamente he tomado aquel aviso de nuestros padres como pretexto para tratar de determinar, cuál sería el resultado si esa táctica la usáremos —en los tiempos que corren—, con los funcionarios encargados de la política económica y las finanzas públicas.

El objetivo sería, evidentemente, lograr una corrección en su conducta para que, si se asustaren ante los posibles daños que sus travesuras económicas y fiscales causarían, dejaren de seguirlas cometiendo porque, a diferencia de lo que nos habría pasado a nosotros cuando éramos niños traviesos, no serían ellos los que se quebrarían un brazo o una pierna sino el que se quebraría algo más sería, sin duda, el país; con él, los que se irían al hospital serían, sin duda, su economía y el crecimiento de la misma.

¿Qué haría el secretario de Hacienda y sus infaltables palafreneros, Aportela y Messmacher si les gritáremos: ¡Si siguen con esas travesuras económicas, van a destruir la economía y el país!? ¿Harían caso, o como solíamos hacer cuando niños, continuarían como si nada y, así como nosotros nos dábamos un buen golpe y luego venía el regaño obligado, los tres verían —con el desparpajo y la soberbia que los caracteriza—, la debacle del país pero, sin el regaño merecido?

¿Acaso lo que recibirían sería, no el regaño y el despido obligado, sino la ratificación del apoyo de su jefe producto, por supuesto, del afecto y condescendencia correspondiente por las travesuras de los tres niñitos? Además, si hubiere algún daño como consecuencia de sus travesuras, lo dañado no sería propiedad de alguno de ellos.

Una vez que los propietarios de lo dañado hubieren recogido los destrozos de los tres traviesos, ¿felices y contentos por sus travesuras económicas y fiscales, ellos seguirían jugando con el futuro del país? ¿Hasta cuándo se cansarían de jugar y hacer travesuras? Esto no es un cuento, es nuestra tragedia.

Por otra parte, ¿cuál es la conducta del gobernante en un país medianamente serio en la situación actual? Lo primero, no designa como funcionarios a niños traviesos y, a la primera travesura viene el cese fulminante. ¿Y se trauman por el despido? Ellos no, los nuestros sí.

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